En Tavistock Sq (pasando por Grafton Way desde Fitzroy Sq -número 29, una placa recuerda que vivió G.B. Shaw, y más tarde V. Stephen (later Woolf)-, donde una estatua del antecesor de Simón Bolívar, Francisco de Miranda, observa desde una esquina como un puñado de disidentes del maduro regimen bolivariano [tan de moda estos días] ataviados con gorras rojas, azules y amarillas, y banderas rojas, azules y amarillas, se enfrentan a un par de pacientes bobbies de negro con chalecos reflectantes, no llego a entender muy bien si intentando que les ayude a entrar a saco en la embajada de Venezuela [pienso: si los bobbies fuesen mossos, lo llevaban crudo los patriotas venezolanos], que se encuentra por supuesto en la calle donde hace dos siglos el antisistema pre-bolivariano tramaba contra el régimen imperialista español, pero estoy perdiendo el hilo) una mujer con una horrible melena rubio ceniza y gafotas y un carro de la compra y un paraguas (sí, de ésas de las que no puedes evitar pensar, menuda friki) se ha quedado traspuesta delante de una estatua de Gandhi rodeada de flores mustias (sospecho que nadie le dijo que en la India corre el rumor de que este otro libertador dormía cada noche con una virgen para poner a prueba su propia virtud), con las manos ligeramente separadas de la cadera, vueltas las palmas hacia arriba, en actitud de reverente oración. Tras esta meditación profunda, se aleja arrastrando los pies bajo una falda negra por los tobillos, casi idéntica a la que lleva esta chica indonesia que camina delante de mí, pañuelo negro en la cabeza, sotana negra hasta los pies bajo la que se entrevén unos vaqueros y unas zapatillas de esas que cosen los niños en su país, con las suelas fucsias, casi del mismo tono que la melena de ese británico barbudo y obeso que se sienta con su mujer obesa a sorber una coca-cola en un banco de Exhibition Rd. Y es así, siguiendo estas piezas que encajan a la perfección, que llegamos al banco donde cada mañana desde que llegué (y sospecho que desde hace mucho más tiempo) vive un hombre que viste de negro.
A la hora en que me dirijo a mis ocupaciones habituales, no suele estar despierto; sentado en el banco, protegido (es un decir) por un paraguas fijado sobre un carro de la compra lleno de bolsas, la capucha con pelos de su abrigo negro sobre la cara. A veces, a su lado hay un café, otras una naranja, aun otras un meal deal completo. Una vez coincidí con una de sus benefactoras, a quien se le ocurrió tocar el brazo del hombre para avisarle de que le dejaba a su lado un café: el hombre apenas levantó la cabeza, lo suficiente como para que se atisbasen unos pelos blancos saliendo de la capucha, en un gesto como de querer decir: no ves que estoy durmiendo, joder. Y tenía razón: será homeless, pero eso no significa que tenga que saltar de alegría porque alguien lo despierte con un café que no ha pedido. Hace una semana, el primer día de primavera, le vi la cara por primera vez: con puntualidad británica salió de su letargo invernal, quitándose la capucha y desperezándose al lado del banco. Confirmé que luce un enorme bigote blanco, níveo. Hoy domingo, a mediodía, sonreía desde unas gafas de sol negras, plácidamente compartiendo su banco con las familias con niños que acuden los días de fiesta al Museo. Me viene a la cabeza que hoy parece feliz, se me ocurre que quizá haya elegido vivir en ese banco, o que tal vez sí tiene una casa, posibilidad de lavarse, de comer, y sólo viene porque está jubilado y en lugar de mirar obras mira a las familias que vienen al Museo. Enseguida me convenzo de que la realidad raramente se parece a los cuentos.
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domingo, 1 de junio de 2014
jueves, 27 de febrero de 2014
Un mecenas escocés
Una de las razones (peregrinas) con las que me auto-convencí para volver a esta isla fue que desde hace tiempo llevo planeando escribir un libro, y uno de los capítulos debía suceder, por fuerza, en Londres. Y uno no puede escribir si no se documenta a fondo, hasta las últimas consecuencias -o quizá un escritor de verdad sí pueda, pero una de pega como yo, no.
No creo que ese libro llegue nunca a escribirse, por mucho que en escasos dos meses haya recogido algunas anécdotas a las que quizá se podría sacar partido. Como ejemplo, nuestro encuentro hace unos días con la persona que podría haberme asegurado la continuidad de mi triste carrera científica a perpetuidad.
Escenario: una parada de autobús de Camden, a las tantas de la madrugada. Personajes: dos señoritas con tacones y abrigo de leopardo, y sin calcetines, un pelirrojo con gorra verdosa que les da la murga, Carmen & Half.
Desarrollo: Cuando las señoritas suben a su autobús, el señor de la gorra verdosa se apresura a buscar reemplazo a sus oyentes, y he aquí Carmen & Half que miran con cara de bobos la transformación en la pantalla del tiempo que queda para que pase el número 27, de 4 a 20 minutos, lo que genera comentarios de desaprobación en los susodichos y acercamiento del señor de la gorra verdosa al escuchar una lengua extranjera que le resulta interesante. No parece demasiado borracho, aunque cuenta que es escocés, de la isla de Skye, donde las temperaturas son caribeñas e incluso crecen palmeras en las playas. Half & Carmen, sin haber llegado nunca tan al norte de la isla, no tienen elementos de juicio suficientes, y no obstante algo les hace sospechar que palmeras por esas latitudes no habrá muchas, pero no tienen a donde escapar de tan interesante conversación hasta que llegue el 27, en 18 minutos. Deciden callar y asentir, pero ya se sabe que Carmen no lleva bien lo de callar, y cuando el señor de la gorra verdosa les intenta convencer de que los habitantes de Skye, por tener el Rh negativo (coño, como los vascos), son los únicos humanos que no descienden del mono, la bióloga que hay en ella no puede evitar protestar: no me jodas, que soy bióloga, y "del mono" venimos todos (para qué dar explicaciones más complejas a esas horas). De repente, los ojos del señor de la gorra verdosa se iluminan, y confiesa que él es un hombre muy rico (aunque sea raro encontrarse con un hombre muy rico a estas horas en una parada de autobús, el señor de la gorra verdosa es consciente de esto). Es más, estudió Biología en el Queens College de Cambridge, y ahora se dedica a invertir sus millones (mejor dicho, nos especifica, los de su familia) en ciencia. De hecho, por ejemplo, invierte mucho en la investigación para la rejuvenation. Ante lo cual, Carmen abre mucho los ojos y exclama: Do you know Aubrey de Grey? Ante lo cual el señor de la gorra verdosa abre mucho los ojos y la boca y responde que claro, que como es posible, que qué coincidencia. Y Carmen le cuenta en pocas palabras sus encuentros con Aubrey de Grey, que ya hemos referido en este blog en La maravillosa historia de Carmen & Co & los fans número 1. A partir de aquí, crece la simpatía del señor de la gorra de cuadros por esta pareja de spaniards tan interesantes, personas de bien que uno no espera encontrarse a las tantas de la mañana en una parada de autobús de Camden, y la conversación continúa con el señor de la gorra verdosa ofreciéndose a financiar las investigaciones de Carmen, aunque sugiriendo que en lugar de la enfermedad de Huntington éstas deberían centrarse en Parkinson, que es mucho más común y afecta al mismo sistema cerebral (momento en el que Carmen abre mucho los ojos, porque el señor de la gorra verdosa, a pesar de su extravagancia, parece muy enterado de los temas), y además, él ya invierte en la Universidad que ahora mismo disfruta de los servicios de Carmen, en el lab de una tal M. S, en artritis, y en células madre, y... Entonces aparece el 27 y Carmen & Half estrechan educadamente la mano al señor de la gorra verdosa, sin haberse preocupado en averiguar su nombre, y saltan a su interior.
Epílogo: Al día siguiente, cuando como remedio a la resaca buscan en la web de la Universidad que actualmente cuenta con los servicios de Carmen, Carmen & Half comprueban que las investigaciones a las que se refirió el señor de la gorra verdosa, y los nombres de los investigadores, son reales. Half está convencido de que el señor de la gorra verdosa, si bien no del todo sobrio, decía la verdad, y especula si su familia no será dueña de la destilería Talisker; Carmen, aunque no está tan segura de que el señor de la gorra verdosa no fuese presa de una monumental obsesión complicada con delirios, se quedará eternamente con la duda sobre si perdió la oportunidad de financiar de por vida su aleatoria carrera científica.
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