En Tavistock Sq (pasando por Grafton Way desde Fitzroy Sq -número 29, una placa recuerda que vivió G.B. Shaw, y más tarde V. Stephen (later Woolf)-, donde una estatua del antecesor de Simón Bolívar, Francisco de Miranda, observa desde una esquina como un puñado de disidentes del maduro regimen bolivariano [tan de moda estos días] ataviados con gorras rojas, azules y amarillas, y banderas rojas, azules y amarillas, se enfrentan a un par de pacientes bobbies de negro con chalecos reflectantes, no llego a entender muy bien si intentando que les ayude a entrar a saco en la embajada de Venezuela [pienso: si los bobbies fuesen mossos, lo llevaban crudo los patriotas venezolanos], que se encuentra por supuesto en la calle donde hace dos siglos el antisistema pre-bolivariano tramaba contra el régimen imperialista español, pero estoy perdiendo el hilo) una mujer con una horrible melena rubio ceniza y gafotas y un carro de la compra y un paraguas (sí, de ésas de las que no puedes evitar pensar, menuda friki) se ha quedado traspuesta delante de una estatua de Gandhi rodeada de flores mustias (sospecho que nadie le dijo que en la India corre el rumor de que este otro libertador dormía cada noche con una virgen para poner a prueba su propia virtud), con las manos ligeramente separadas de la cadera, vueltas las palmas hacia arriba, en actitud de reverente oración. Tras esta meditación profunda, se aleja arrastrando los pies bajo una falda negra por los tobillos, casi idéntica a la que lleva esta chica indonesia que camina delante de mí, pañuelo negro en la cabeza, sotana negra hasta los pies bajo la que se entrevén unos vaqueros y unas zapatillas de esas que cosen los niños en su país, con las suelas fucsias, casi del mismo tono que la melena de ese británico barbudo y obeso que se sienta con su mujer obesa a sorber una coca-cola en un banco de Exhibition Rd. Y es así, siguiendo estas piezas que encajan a la perfección, que llegamos al banco donde cada mañana desde que llegué (y sospecho que desde hace mucho más tiempo) vive un hombre que viste de negro.
A la hora en que me dirijo a mis ocupaciones habituales, no suele estar despierto; sentado en el banco, protegido (es un decir) por un paraguas fijado sobre un carro de la compra lleno de bolsas, la capucha con pelos de su abrigo negro sobre la cara. A veces, a su lado hay un café, otras una naranja, aun otras un meal deal completo. Una vez coincidí con una de sus benefactoras, a quien se le ocurrió tocar el brazo del hombre para avisarle de que le dejaba a su lado un café: el hombre apenas levantó la cabeza, lo suficiente como para que se atisbasen unos pelos blancos saliendo de la capucha, en un gesto como de querer decir: no ves que estoy durmiendo, joder. Y tenía razón: será homeless, pero eso no significa que tenga que saltar de alegría porque alguien lo despierte con un café que no ha pedido. Hace una semana, el primer día de primavera, le vi la cara por primera vez: con puntualidad británica salió de su letargo invernal, quitándose la capucha y desperezándose al lado del banco. Confirmé que luce un enorme bigote blanco, níveo. Hoy domingo, a mediodía, sonreía desde unas gafas de sol negras, plácidamente compartiendo su banco con las familias con niños que acuden los días de fiesta al Museo. Me viene a la cabeza que hoy parece feliz, se me ocurre que quizá haya elegido vivir en ese banco, o que tal vez sí tiene una casa, posibilidad de lavarse, de comer, y sólo viene porque está jubilado y en lugar de mirar obras mira a las familias que vienen al Museo. Enseguida me convenzo de que la realidad raramente se parece a los cuentos.
domingo, 1 de junio de 2014
domingo, 25 de mayo de 2014
Londres y Virginia Woolf
London was like a
workshop. London was like a machine. We were all being shot backwards and
forwards on this plain foundation to make some pattern. (...) So long as you
write what you wish to write, that is all that matters; and whether it matters
for ages or only for hours, nobody can say. V. Woolf, A room of One's Own, 1928.
Sólo he leído dos libros de Virginia Woolf. El primero, Orlando, lo acabé de la
noche del 11 de octubre de 2003, con un escalofrío en la espalda, no porque me
hubiese maravillado, que más bien me dejó confusa, sino por como acaba: Y la
duodécima campanada de la medianoche sonó; la duodécima campanada de la
medianoche, jueves, 11 de octubre, 1928.
El
segundo, Una habitación propia*, lo acabé hace un par de semanas. Una
semana antes yo había escrito en mi otro blog acerca de la falta de plumas femeninas en las
bitácoras científicas: Escribir
aquí es fácil, simplemente se debe ser científico, tener una propuesta, y
enviarla al equipo editorial. Me atrevería a decir cualquier científico/a al
que le interese la divulgación puede hacerlo. Aquí no hay "techo de
cristal" que valga de excusa, y sin embargo, ¿dónde están las mujeres
científicas con ganas de divulgar? ¿Quién les impide hacerlo desde esta
iniciativa?
Paralelamente,
así acaba Virginia Woolf su ensayo, en el que reflexiona acerca de lo que
necesitan las mujeres para convertirse en escritoras: según la desdichada
autora, simplemente una habitación propia y 500 libras al año (de 1928, me
pregunto cual sería su equivalencia en 2014 en Londres, sospecho que no menos
de 50000): ¿Como podría
alentaros a que entráseis de lleno en los negocios de la vida? Jóvenes mujeres,
atendedme: en mi opinión sois desgraciadamente ignorantes. Nunca habéis hecho
un descubrimiento importante. Nunca habéis destruido un Imperio ni liderado un
ejército. Las obras de Shakespeare no os pertenecen. ¿Cual es vuestra excusa?
Está muy bien que digáis apuntando a las calles y plazas y bosques del globo
preñadas de habitantes blancos y negros y de color café, todos ocupados en el
tráfico y los negocios y en hacer el amor, "hemos tenido otro trabajo. Sin
nosotras, los mares no habrían sido navegados y toda la tierra fértil sería un
desierto. Hemos llevado en nuestro seno, y alimentado, y lavado y enseñado,
quizá hasta la edad de seis o siete años, a los mil millones seiscientos
veintitresmil humanos que, según las estadísticas, existen hoy en día, lo cual,
incluso con ayuda, toma su tiempo".
Hay
verdad en lo que decís, no lo negaré. Pero al mismo tiempo, ¿puedo recordaros
que ha habido al menos dos colleges para mujeres en Inglaterra desde 1866; que
tras el año 1880 una mujer casada puede por ley estar en posesión de bienes
propios; y que en 1919, ya desde hace nueve años, puede votar? ¿Puedo también
recordaros que tenéis acceso a la mayoría de las profesiones desde hace casi
una década? Cuando reflexionais acerca de estos inmensos privilegios y la
cantidad de tiempo durante la que los habeis disfrutado, y sobre el hecho de
que debe haber ahora mismo unas dos mil mujeres capaces de ganar 500 libras al
año de una manera u otra, estaréis de acuerdo conmigo en que la excusa de la
falta de oportunidades, educación, apoyo, tiempo libre y dinero ya no es
válida.
Y
así sigo, en Londres, y si bien no parece que me llegue a reconciliar con el
país, encontrando pequeñas perlas por el camino, casualidades de las que me
alimento, palabras, hojas verdes en los árboles, paisajes literarios que me
empujan a seguir adelante.
*Este ensayo nace de una conferencia para las estudiantes del Girton College de la Universidad de Cambridge, primer college en Inglaterra en admitir mujeres internas, y al que pertenecía, curiosamente, mi ex-jefa.
*Este ensayo nace de una conferencia para las estudiantes del Girton College de la Universidad de Cambridge, primer college en Inglaterra en admitir mujeres internas, y al que pertenecía, curiosamente, mi ex-jefa.
sábado, 10 de mayo de 2014
Fiesta pagana en Magdeburg
Saliendo de Gatwick hacia nuestra buhardilla londoner, de vuelta de visita a la Portu, compañera de Spaghetti aglio e olio y Rioja y Somontano durante un año en Barcelona, y es que una de las pocas cosas, y una de las más importantes, que le proporciona a uno la vida nómada es el ir encontrando estos compañeros de camino, de paso hablo sobre circuitos amígdalo-estriatales ante una audiencia de siete científicos que no aplauden a la conferenciante, sino que golpean la mesa con el puño, y de paso mi Half se pasea por Berlín, en todo caso, curiosa experiencia la de visitar este pueblo de poco más que doscientos mil habitantes (detrás de mí y a la
izquierda inmigrantes españoles en este tren Gatwick-Victoria, madre con hijo que llaman a papá que
les espera, dos iba a decir chicas de mi edad, pero no,
claramente son más jóvenes, yo ya empiezo a vivir mi año 35, esa
frontera arbitraria) en medio de la extinta RDA, experiencia de la que he prometido a la Portu no uno, mejor dos posts en este semiabandonado blog, vayamos a ello*.
Entonces los alemanes no aplauden, sino que golpean la mesa, pero luego te acompañan a tomar un café y hablan contigo del problema de no publicar un Science, porque ese debería ser el plan A, es necesario urdir un plan B, entre los cuales el más popular es abrir un pequeño restaurante, luego también están aquellos que algún día comprarán una cabra, o los ilusos que algún día esperan ganarse la vida escribiendo, y después del café lo mejor es ir a tomar una cerveza, estos dos españoles con una portuguesa y una turca, hablar de esas personas que llegan lejos en ciencia sin haber publicado nunca un Science, a veces es necesario que sean parásitos, que hagan todo el ruido posible, que salgan en la tele y que se apropien del trabajo de los demás, que intenten arruinar la vida a sus subordinados, pero de qué hablaríamos mientras bebemos cerveza si no fuera porque esos personajes existen, nosotros no publicaremos un Science, ni seremos parásitos, lo mejor es encontrarse con otra portuguesa que habla un español perfectamente argentino, y con un argentino, una colección arbitraria de personas que se encuentran en un punto en el centro de Europa al que no pertenecen, en el que quizá nunca hubiesen elegido estar, pero ahí están, la vida les ha llevado a eso, y también hay un colombiano que antes de pasar por aquí estuvo en España, en nuestra ciudad, en la misma universidad que Half, pero qué casualidad, algunos sí han elegido estar aquí, quizá no lo supieran antes de llegar, pero lo han elegido y son felices, todos bebiendo cerveza y mojitos, incluso una alemana que habla español, una alemana de tipo B, la definen, por oposición al alemán (póngase aquí español, o chino, o cualquier nacionalidad que se prefiera) de tipo A, ese que nunca ha salido de su pueblo, y que no habla otro idioma ni quiere hablarlo, y al que no le gustan los extranjeros, porque les tiene miedo, porque les tiene asco, porque nunca ha querido o podido entenderlos, ni ha podido o querido estar una noche bebiendo cerveza con gente que ha tomado un avión (muchos aviones) y se ha ido a miles de kilómetros de su casa no se sabe muy bien por qué, pero esta alemana, sí, ella habla otro idioma y disfruta de la comida y la bebida como una experiencia social, luego vamos a bailar, aquí todavía se puede fumar en los clubs, los ojos se llenan de lágrimas esperando otra cerveza, los alemanes saltan y empujan, algunos altos, algunos rubios, algunos con tirantes y gorra de tweed, algunos punks, algunos góticos, algunos heavies, es lo que hay en una ciudad pequeña, todos vamos a parar al mismo sitio (oigo otro español más en el tren Gatwick-Victoria y el sentimiento de qué coño hacemos todos aquí me invade siempre, muy a mi pesar), por donde iba, los alemanes altos y rubios, palmeando amistosamente la espalda del dealer africano que también pasó por nuestra ciudad, chapurreando el español y el portugués, yo recogí morangos en Huelva, yo recogí naranjas en Sagunto, a ver cuanto te puedes quejar tú que eres nómada por elección, quizá él, quizá los varios africanos que bailan rock penosamente, qué diferencia de estilo a cuando bailan otras músicas, también sean nómadas por elección, solo que su vida quizá haya sido y sea un poco más incómoda que la tuya, recogiendo morangos, o repartiendo hierba, no me queda muy claro qué reparte, un día llevaba una Biblia, me dicen, quizá quería convencer a sus clientes de que si tomaban lo él vende verían a Dios, no me queda muy claro si se queda en nuestro círculo de danzarines porque espera que le compremos, o porque disfruta de nuestra compañía, todos hemos llegado aquí desde otra parte, quizá él no llegó en avión, pero quién sabe, entonces el DJ pincha Legalización, extremadamente adecuado para el momento, pero difícil de preveer en un DJ magdeburgués, y luego Fiesta Pagana, banda sonora perfecta para que la pareja de portuguesas encuentre el doppelgänger germano de un controvertido cantautor portugués, un tal Antonio Variaçoes, que al parecer fue víctima del SIDA en aquella época en la que aún no era una enfermedad crónica, quizá sea mentira que ahora vamos en contra de la corriente, entonces era más fácil y más noble el ir en contra de la corriente, ahora más bien nos veo perdidos en la corriente (una de las chicas españolas vomita en una bolsa de papel, quizá traiga el mareo del avión, la madre y yo le ofrecemos pañuelos, agua), rodando por el mundo, de ahí quizá esta náusea que ya no es como la de aquel francés, la combatimos con cerveza, con esos amigos aleatorios encontrados por el camino (el niño dice hola papá, ya estamos llegando, estamos en la estación de Victoria, pienso inconscientemente ya estoy en casa, pero dónde está mi casa) que comparten contigo esos momentos de confusión, esos momentos en los que no está nada claro qué estamos haciendo, pero entonces el DJ decide acabar la sesión de esta noche con The Dark Side of the Moon, entero, y sentarse con dos cojones y una cerveza mientras estos rezagados gravitan extasiados o aburridos por la pista medio vacía, te das cuenta de que con Pink Floyd de fondo lo comprendes todo, todo está claro, te sientes bien por tener esos amigos que encontraste por el camino, estás segura que los vas a volver a encontrar en otro punto aleatorio del mundo, pero siempre bebiendo cerveza, bebiendo vino, hablando en varios idiomas, perdidos en la corriente.
_________________________________________________________________
*Aunque para comenzar deberíamos remontarnos al pasado verano, cuando mi Half
viajó a Creta por las mismas razones que ahora viaja a Berlín y de paso
me empaquetó en la maleta (siempre había querido yo visitar Grecia,
desde que a los seis añitos empecé a leer sobre el oráculo de Delfos, y
sobre la cabra Amaltea, y sobre Artemisa cazadora, y...), no obstante la
lógica me sugiere hablar de todo esto otro día, nos acordaremos entonces del gato y la mano en mi lorza pero ahora...
jueves, 27 de febrero de 2014
Un mecenas escocés
Una de las razones (peregrinas) con las que me auto-convencí para volver a esta isla fue que desde hace tiempo llevo planeando escribir un libro, y uno de los capítulos debía suceder, por fuerza, en Londres. Y uno no puede escribir si no se documenta a fondo, hasta las últimas consecuencias -o quizá un escritor de verdad sí pueda, pero una de pega como yo, no.
No creo que ese libro llegue nunca a escribirse, por mucho que en escasos dos meses haya recogido algunas anécdotas a las que quizá se podría sacar partido. Como ejemplo, nuestro encuentro hace unos días con la persona que podría haberme asegurado la continuidad de mi triste carrera científica a perpetuidad.
Escenario: una parada de autobús de Camden, a las tantas de la madrugada. Personajes: dos señoritas con tacones y abrigo de leopardo, y sin calcetines, un pelirrojo con gorra verdosa que les da la murga, Carmen & Half.
Desarrollo: Cuando las señoritas suben a su autobús, el señor de la gorra verdosa se apresura a buscar reemplazo a sus oyentes, y he aquí Carmen & Half que miran con cara de bobos la transformación en la pantalla del tiempo que queda para que pase el número 27, de 4 a 20 minutos, lo que genera comentarios de desaprobación en los susodichos y acercamiento del señor de la gorra verdosa al escuchar una lengua extranjera que le resulta interesante. No parece demasiado borracho, aunque cuenta que es escocés, de la isla de Skye, donde las temperaturas son caribeñas e incluso crecen palmeras en las playas. Half & Carmen, sin haber llegado nunca tan al norte de la isla, no tienen elementos de juicio suficientes, y no obstante algo les hace sospechar que palmeras por esas latitudes no habrá muchas, pero no tienen a donde escapar de tan interesante conversación hasta que llegue el 27, en 18 minutos. Deciden callar y asentir, pero ya se sabe que Carmen no lleva bien lo de callar, y cuando el señor de la gorra verdosa les intenta convencer de que los habitantes de Skye, por tener el Rh negativo (coño, como los vascos), son los únicos humanos que no descienden del mono, la bióloga que hay en ella no puede evitar protestar: no me jodas, que soy bióloga, y "del mono" venimos todos (para qué dar explicaciones más complejas a esas horas). De repente, los ojos del señor de la gorra verdosa se iluminan, y confiesa que él es un hombre muy rico (aunque sea raro encontrarse con un hombre muy rico a estas horas en una parada de autobús, el señor de la gorra verdosa es consciente de esto). Es más, estudió Biología en el Queens College de Cambridge, y ahora se dedica a invertir sus millones (mejor dicho, nos especifica, los de su familia) en ciencia. De hecho, por ejemplo, invierte mucho en la investigación para la rejuvenation. Ante lo cual, Carmen abre mucho los ojos y exclama: Do you know Aubrey de Grey? Ante lo cual el señor de la gorra verdosa abre mucho los ojos y la boca y responde que claro, que como es posible, que qué coincidencia. Y Carmen le cuenta en pocas palabras sus encuentros con Aubrey de Grey, que ya hemos referido en este blog en La maravillosa historia de Carmen & Co & los fans número 1. A partir de aquí, crece la simpatía del señor de la gorra de cuadros por esta pareja de spaniards tan interesantes, personas de bien que uno no espera encontrarse a las tantas de la mañana en una parada de autobús de Camden, y la conversación continúa con el señor de la gorra verdosa ofreciéndose a financiar las investigaciones de Carmen, aunque sugiriendo que en lugar de la enfermedad de Huntington éstas deberían centrarse en Parkinson, que es mucho más común y afecta al mismo sistema cerebral (momento en el que Carmen abre mucho los ojos, porque el señor de la gorra verdosa, a pesar de su extravagancia, parece muy enterado de los temas), y además, él ya invierte en la Universidad que ahora mismo disfruta de los servicios de Carmen, en el lab de una tal M. S, en artritis, y en células madre, y... Entonces aparece el 27 y Carmen & Half estrechan educadamente la mano al señor de la gorra verdosa, sin haberse preocupado en averiguar su nombre, y saltan a su interior.
Epílogo: Al día siguiente, cuando como remedio a la resaca buscan en la web de la Universidad que actualmente cuenta con los servicios de Carmen, Carmen & Half comprueban que las investigaciones a las que se refirió el señor de la gorra verdosa, y los nombres de los investigadores, son reales. Half está convencido de que el señor de la gorra verdosa, si bien no del todo sobrio, decía la verdad, y especula si su familia no será dueña de la destilería Talisker; Carmen, aunque no está tan segura de que el señor de la gorra verdosa no fuese presa de una monumental obsesión complicada con delirios, se quedará eternamente con la duda sobre si perdió la oportunidad de financiar de por vida su aleatoria carrera científica.
sábado, 25 de enero de 2014
England, you leave a taste...
...A bitter one
Cosas que me inspiran en Londres: una fila interminable de niños de cinco años de todos los colores, cogidos de la mano de dos en dos, ocupando todo el pasillo en la estación de metro, camino del museo de ciencias naturales; una fila desigual de adolescentes, de todos los colores, camino al campus; una acumulación de adultos de todos los colores; mirarlos descaradamente, a todos, mientras escucho a PJ Harvey; mientras ellos bajan y yo subo por las escaleras mecánicas del metro, escudriñar sus turbantes, sus velos, sus sombreros, sus tatuajes, sus piercings, sus cabelleras teñidas, o en rastas, sus trajes imposibles, su falta de abrigo, su resignación; la concentración de una chica con las uñas pintadas de amarillo en una edición Penguin de Animal Farm; mirar hacia arriba, descubrir que el gris es gris, pero a veces un poco de azul, y a veces un desgarrón blanco; como aquella sola flor blanca sobre una tapia, entre ramas desnudas y raquíticas, y la niebla, y el vaho. Me inspira que Londres no sea una ciudad sino un collage; que no sea Inglaterra sino una capital del mundo, porque así la han querido y construido todos los que han venido a ella, de todos los colores, de todos los continentes, de todas las religiones y de todas las tristezas, y para qué voy a hablar de lo que no me inspira, o de tristezas, si tres años después de mi huida vuelvo, pero esta vez mi half estará conmigo.
lunes, 3 de septiembre de 2012
Dijo Darwin que la especie que sobrevive no es la más inteligente, sino la que mejor se adapta a los cambios...
Gensanta, que diría el gran Forges, la de tiempo que hace que no escribo. Debe ser porque desde que no lo hago me he hecho un año más vieja; he actuado de maestra de ceremonias en una boda (¡Gracias, Laura, eres un sol!) más nerviosa, según palabras de mi other half que me brindaba apoyo moral desde una cercanía prudencial, que el día que leí la tesis (menos mal que la historia ya archiconocida por cualquier lector de este pobre blog abandonado acerca de los dos mil millones de latidos con los que cuenta el mamífero medio antes de morir vale para un roto y para un descosido y parece que encantó a la concurrencia de dicha boda); he empezado a colaborar con la revista de divulgación que dirige desde una prudencial lejanía un famoso anunciante de pan de molde y felicidad emocional (publicando, e incluso cobrando mi primer artículo, el segundo verá la luz en octubre); he ganado un concurso de fotografía científica en el congreso europeo de neurociencia, nada menos (yo, que las saco todas descuadradas), hecho que me ha facilitado la autoría de una reseña en la revista en la que quiero colaborar de mayor y una cámara de fotos que desde que vi su precio cojo con las puntas de los dedos; me he mudado de barrio, abandonando a la Colorines* y saludando a la Sagrada Familia cada mañana; he sonreído de emoción con el nacimiento de uno y dos bebés de dos muy queridas amigas (qué felicidad, MªCarmen y Lucía!)...y no sé si me dejo algo... Ahora mismo llevo una semana en París, donde mi other half residirá durante unos meses en pleno centro (si es que en París existe tal cosa; o quizá mejor dicho, en pleno centro de uno de los muchos centros de París) gracias a la vida nómada del investigador precario. Calle arriba calle abajo, voy apuntando frases célebres en una libreta mientras busco la inspiración, acompañada del siempre magnífico Orwell, residente en bancarrota de esta célebre ciudad antes de convertirse en futurólogo. Total, que hoy llueve, y quizá en el futuro ordene mis notas e intente un relato que podría bien llamarse "Como vivir en París evitando en lo posible pagar 5 € por un café".
-------------------------------------------------
*En el Raval, cada sábado por la noche nos amenizaba la velada el espectáculo de copla más famoso y único de Barcelona: gracias a que sólo nos separaba del insigne bar O'Barquiño una fina pared, parecía que los artistas nos invadían el comedor-cocina-dormitorio. De esta manera, no teníamos necesidad alguna de bajar a disfrutar de ellos in situ, y sin embargo, la única vez que lo hicimos, a petición de una compañera de trabajo laboratorio fan de lo cañí, fuimos protagonistas de un documental. Ver para creer, a mi pobre half se le adivina en el minuto 8:35....
-------------------------------------------------
*En el Raval, cada sábado por la noche nos amenizaba la velada el espectáculo de copla más famoso y único de Barcelona: gracias a que sólo nos separaba del insigne bar O'Barquiño una fina pared, parecía que los artistas nos invadían el comedor-cocina-dormitorio. De esta manera, no teníamos necesidad alguna de bajar a disfrutar de ellos in situ, y sin embargo, la única vez que lo hicimos, a petición de una compañera de trabajo laboratorio fan de lo cañí, fuimos protagonistas de un documental. Ver para creer, a mi pobre half se le adivina en el minuto 8:35....
jueves, 26 de abril de 2012
Apocalíptico (II)
Anteayer, mientras subía pedaleando por la Rambla, me preguntaba con fastidio, ay alma de cántaro, como es que había una invasión de hooligans. El periódico del desayuno y algunos comentarios del feisbu me dieron la respuesta: se había jugado un partido de champions y el equipo del barrio caro de la capital londinense (quien lo diría viendo a sus fans) había eliminado al Barça. Bueno. Hoy me entero por el mismo sistema que el equipo de la capital bávara ha eliminado al Madriz. Estupendo. Titulan los periódicos en portada: No habrá final española. Lo que nos faltaba. Ahora ya no hay excusa para que nos enteremos todos que Aspaña está en claro declive. Qué importan la Sanidad y la Educación, si ni siquiera nos queda el consuelo de ser los numerosuanes en Deporte. Ahora sí podemos volver a nuestro sitio viendo que los alemanes y los ingleses vuelven a dominar el mundo. Que ya lo hicieran en otros campos menos interesantes al público no tenía tanta relevancia...
lunes, 16 de abril de 2012
Shooting an elephant
Hay que ver, se desconecta una unos días y la de cosas que pasan. Fundamentalmente, que nuestra familia real* empieza a mostrar abiertamente los problemas derivados de la hendogamia** (la sabiduría popular nos dice que si los primos se casan les salen hijos lelos, los biólogos sustentamos esto sobre la base de la variabilidad genética y la compensación de alelos deletéreos. La conclusión es la misma). Parece que los borbones les gustan más las pistolas que a los tontos (valga la redundancia) los lápices y pasa lo que pasa. Y fíjate que el patriarca campechano ya podía haber aprendido que con las armas de fuego no se debe jugar cuando le voló la tapa de los sesos a su hermanito pequeño. Pero es lo que tiene la hendogamia, la plasticidad sináptica que promueve el aprendizaje puede verse afectada. Pero no todo va a ser malo. Es de agradecer que en los tiempos que corren estos simpáticos representantes del estado en el que vivimos nos den la oportunidad de echarnos unas risas a su costa: tienes más peligro que un borbón con dos pistolas, la prima de riesgo y Froilán se disparan mientras la bolsa y Juan Carlos caen, la culpa la tiene Marichalar, que les dijo a Juan Carlos y Froilán, ¿nos hacemos unos tiritos?...(no sigamos que ahora sí viene a por mí Fernández Díaz).
También les agradeceré que me proporcionen una excusa para traducir y resumir un magnífico relato que nos explica la naturaleza imperialista mediante el retrato de un pobre hombre obligado a matar un elefante.
En Moulmein, en Brimania, fui odiado por una gran cantidad de gente -la única vez en mi vida que fui tan importante para que esto me sucediera. Era sub-oficial de la policía en el pueblo, y el sentimiento anti-Europeo era muy amargo, si bien nadie tenía los huevos para rebelarse. (...) Para entonces yo ya me había dado cuenta de que el imperialismo era perverso (...) Odiaba tan profundamente mi trabajo que no sería capaz de expresarlo (...) viendo todo el trabajo sucio que realiza el Imperio desde dentro.(...) Pero yo era joven, carecía de educación y tenía que pensar en mis problemas en el silencio que se impone a cada inglés en el este. Ni siquiera sabía que el Imperio Británico estaba muriendo, menos aún que era mejor que los imperios que lo van a sustituir. (...)
Un día algo sucedió que me iluminó. Fue un incidente minúsculo, pero me proporcionó una idea más exacta acerca de la naturaleza real del imperialismo -los motivos reales por los que actúan los gobiernos despóticos. Temprano, aquella mañana el sub-inspector de la comisaría del otro lado de la ciudad me telefoneó y me dijo que había un elefante merodeando por el bazar. Podría por favor acercarme y solucionar el problema? (...) Cogí mi rifle, un viejo Winchester de 44, demasiado pequeño para matar un elefante, pero, pensé, suficientemente ruidoso como para asustarlo. Varios birmanos me pararon y me dijeron que no se trataba de un elefante salvaje, sino de uno domesticado que (...) había roto su cadena y había escapado.(...)
Entré en el callejón y encontré un cadáver aplastado en el fango. Era un indio, casi desnudo, y no podía llevar muerto más de unos pocos minutos. (...) Tan pronto vi el muerto, mandé un emisario a casa de un amigo para pedirle prestado un rifle adecuado para elefantes. El mensajero volvió pronto con un rifle y cinco cartuchos.(...) Prácticamente la totalidad de la población salió disparada de sus casas y me siguió. (...) Querían la carne. Aquello me incomodó vagamente. No había tenido intención de disparar al elefante.
(...) El elefante se encontraba a ocho metros de la calzada, dándonos su costado izquierdo. No hizo ni caso de la muchedumbre que se acercaba. Estaba arrancando manojos de hierba, los limpiaba sacudiéndolos contra sus rodillas, y los engullía.
Me paré. Tan pronto vi al elefante supe con completa certeza que no debía dispararle. (...) Decidí que lo observaría un poco más para asegurarme que no se volvía salvaje de nuevo y me iría a casa.
Pero en aquel momento miré alrededor, hacia la muchedumbre que me había seguido. Era inmensa, al menos dos mil personas, y seguían llegando. (...) Yo no les gustaba, pero con el rifle mágico en mis manos, valía la pena observarme.Y de repente me di cuenta de que debería disparar al elefante después de todo. La gente lo esperaba de mi; podía sentir dos mil voluntades presionándome, irresistiblemente. Y fue en ese momento, con el rifle en mis manos, cuando me di cuenta de la vacuidad, la futilidad del dominio del hombre blanco. Aquí estaba yo, el hombre blanco con su fusil, en frente de una muchedumbre de nativos sin armas – como el actor principal de una obra de teatro; pero en realidad no más que una marioneta absurda movida por la voluntad de las dos mil caras amarillas detrás de mí. Percibí en ese momento que cuando el hombre blanco de convierte en un tirano, destruye su propia libertad. Se convierte en una especie de muñeco pretencioso y vacío. (...) Lleva una máscara, y su cara se adapta a ella. Tenía que disparar al elefante.(...)
Observé al elefante sacudiendo los manojos de hierba, con ese aire preocupado de abuela que tienen los elefantes. Me pareció que sería un asesinato.
Cargué el rifle y me tumbé en la calzada para apuntar mejor. La multitud estaba muy quieta y un suspiro profundo, bajo y feliz como el de la audiencia que ve como la cortina del teatro se levanta salió de las innumerables gargantas. Iban a tener su espectáculo al fin y al cabo. No sabía que cuando se dispara a un elefante debes trazar una línea imaginaria entre los oídos. Debería, porque dada la posición del elefante, podía haber apuntado directamente a su oído izquierdo, pero lo hice algunos centímetros más hacia delante, pensando que el cerebro estaría allí.
Cuando apreté el gatillo, no oí el bang ni sentí el retroceso – eso nunca ocurre cuando das en el blanco – peró oí el rugido endemoniado de la muchedumbre. En ese instante, en demasiado poco tiempo, incluso para que la bala hubiese llegado a su destino, un cambio terrible, misterioso, estaba ocurriendo al elefante. No se volvió, ni cayó, pero cada línea de su cuerpo se había alterado. Parecía desolado, encogido, inmensamente viejo, como si el aterrador impacto de la bala le hubiese paralizado sin acabar con él. Al final, después de lo que pareció mucho tiempo – me atrevería a decir que pudieron ser cinco segundos – se tambaleó débilmente sobre sus rodillas. Empezó a babear. Una enorme senilidad se había instalado en él. Se podría decir que tenía miles de años. Le disparé en el mismo lugar. No cayó, sino que se mantuvo erguido con desesperación, con las patas temblando y la cabeza colgante. Le disparé por tercera vez. Aquello fue definitivo. Podías ver la agonía en su cuerpo, acabando con la última fuerza de sus patas. Pero al caer, sus patas traseras se colapsaron y pareció levantarse por un momento, con su tronco apuntando al cielo como un árbol. Barritó, por primera y última vez. Y entonces cayó, su vientre hacia mí, con un estruendo que pareció hacer temblar la tierra.
Me levanté. Los birmanos ya corrían delante de mí. Era obvio que el elefante no se levantaría más, pero no estaba muerto. Respiraba rítmicamente, a bocanadas largas y ruidosas, sus costillas levantándose y cayendo dolorosamente. Tenía la boca muy abierta. Esperé durante mucho tiempo que muriera, pero su respiración no se debilitaba. Finalmente, le disparé en el lugar donde creía que su corazón debía estar. La espesa sangre se vertió como terciopelo rojo, pero todavía no murió. Su cuerpo no se movía un ápice cuando los disparos le alcanzaban, la respiración torturada continuaba sin pausa. Se moría, muy lentamente y con gran agonía, pero en algún mundo remoto donde ninguna bala podía herirlo más. Sentí que tenía que acabar con aquel sonido terrorífico. Era horrible ver a la gran bestia yaciendo allí, sin poder moverse y sin poder morir y no ser siquiera capaz de acabar con él. Mandé a por mi pequeño rifle y le disparé al corazón y a la garganta. Pareció no servir de nada. Las bocanadas torturadas continuaban con la exactitud de un reloj.
Al final no pude soportarlo más y me fui. Oí después que le costó media hora más morir. Los birmanos fueron trayendo cajas desde antes que yo me fuese, y me dijeron que los descuartizaron hasta los huesos durante la tarde. Después, por supuesto, hubo interminables tertulias acerca del tiroteo del elefante. El dueño estaba furioso, pero sólo era un indio y no pudo hacer nada. Además, legalmente, hice lo correcto, porque un elefante loco debe ser sacrificado, igual que un perro loco, si su dueño no puede controlarlo. Entre los europeos la opinión se encontraba dividida. Los viejos dijeron que hice bien, los jóvenes que era una maldita vergüenza disparar a un elefante por matar a un coolie, porque un elefante vale más que cualquier maldito coolie. Y después me alivió que hubiese muerto aquel coolie, me dio el pretexto legal para matar al elefante. Muy a menudo me pregunto si alguien imaginó que lo hice sólo para evitar parecer un bobo.
Shooting an elephant, George Orwell
---------------------------------
* AKA Unos señores que vinieron de Francia cuando los que estaban aquí, que habían venido de Alemania, se quedaron sin descendencia por culpa del labio caído de su último vástago.
**Pareze ke aora la RAE ha canviado las normas ortograficas, por ke te puedes encontrar palabras como esta escrita asin en un diario presuntamente serio como El Pais, o kiza la RAE no tenga nada ke ber y estas nobedades ortograficas se devan a los recortes en heducación...
También les agradeceré que me proporcionen una excusa para traducir y resumir un magnífico relato que nos explica la naturaleza imperialista mediante el retrato de un pobre hombre obligado a matar un elefante.
En Moulmein, en Brimania, fui odiado por una gran cantidad de gente -la única vez en mi vida que fui tan importante para que esto me sucediera. Era sub-oficial de la policía en el pueblo, y el sentimiento anti-Europeo era muy amargo, si bien nadie tenía los huevos para rebelarse. (...) Para entonces yo ya me había dado cuenta de que el imperialismo era perverso (...) Odiaba tan profundamente mi trabajo que no sería capaz de expresarlo (...) viendo todo el trabajo sucio que realiza el Imperio desde dentro.(...) Pero yo era joven, carecía de educación y tenía que pensar en mis problemas en el silencio que se impone a cada inglés en el este. Ni siquiera sabía que el Imperio Británico estaba muriendo, menos aún que era mejor que los imperios que lo van a sustituir. (...)
Un día algo sucedió que me iluminó. Fue un incidente minúsculo, pero me proporcionó una idea más exacta acerca de la naturaleza real del imperialismo -los motivos reales por los que actúan los gobiernos despóticos. Temprano, aquella mañana el sub-inspector de la comisaría del otro lado de la ciudad me telefoneó y me dijo que había un elefante merodeando por el bazar. Podría por favor acercarme y solucionar el problema? (...) Cogí mi rifle, un viejo Winchester de 44, demasiado pequeño para matar un elefante, pero, pensé, suficientemente ruidoso como para asustarlo. Varios birmanos me pararon y me dijeron que no se trataba de un elefante salvaje, sino de uno domesticado que (...) había roto su cadena y había escapado.(...)
Entré en el callejón y encontré un cadáver aplastado en el fango. Era un indio, casi desnudo, y no podía llevar muerto más de unos pocos minutos. (...) Tan pronto vi el muerto, mandé un emisario a casa de un amigo para pedirle prestado un rifle adecuado para elefantes. El mensajero volvió pronto con un rifle y cinco cartuchos.(...) Prácticamente la totalidad de la población salió disparada de sus casas y me siguió. (...) Querían la carne. Aquello me incomodó vagamente. No había tenido intención de disparar al elefante.
(...) El elefante se encontraba a ocho metros de la calzada, dándonos su costado izquierdo. No hizo ni caso de la muchedumbre que se acercaba. Estaba arrancando manojos de hierba, los limpiaba sacudiéndolos contra sus rodillas, y los engullía.
Me paré. Tan pronto vi al elefante supe con completa certeza que no debía dispararle. (...) Decidí que lo observaría un poco más para asegurarme que no se volvía salvaje de nuevo y me iría a casa.
Pero en aquel momento miré alrededor, hacia la muchedumbre que me había seguido. Era inmensa, al menos dos mil personas, y seguían llegando. (...) Yo no les gustaba, pero con el rifle mágico en mis manos, valía la pena observarme.Y de repente me di cuenta de que debería disparar al elefante después de todo. La gente lo esperaba de mi; podía sentir dos mil voluntades presionándome, irresistiblemente. Y fue en ese momento, con el rifle en mis manos, cuando me di cuenta de la vacuidad, la futilidad del dominio del hombre blanco. Aquí estaba yo, el hombre blanco con su fusil, en frente de una muchedumbre de nativos sin armas – como el actor principal de una obra de teatro; pero en realidad no más que una marioneta absurda movida por la voluntad de las dos mil caras amarillas detrás de mí. Percibí en ese momento que cuando el hombre blanco de convierte en un tirano, destruye su propia libertad. Se convierte en una especie de muñeco pretencioso y vacío. (...) Lleva una máscara, y su cara se adapta a ella. Tenía que disparar al elefante.(...)
Observé al elefante sacudiendo los manojos de hierba, con ese aire preocupado de abuela que tienen los elefantes. Me pareció que sería un asesinato.
Cargué el rifle y me tumbé en la calzada para apuntar mejor. La multitud estaba muy quieta y un suspiro profundo, bajo y feliz como el de la audiencia que ve como la cortina del teatro se levanta salió de las innumerables gargantas. Iban a tener su espectáculo al fin y al cabo. No sabía que cuando se dispara a un elefante debes trazar una línea imaginaria entre los oídos. Debería, porque dada la posición del elefante, podía haber apuntado directamente a su oído izquierdo, pero lo hice algunos centímetros más hacia delante, pensando que el cerebro estaría allí.
Cuando apreté el gatillo, no oí el bang ni sentí el retroceso – eso nunca ocurre cuando das en el blanco – peró oí el rugido endemoniado de la muchedumbre. En ese instante, en demasiado poco tiempo, incluso para que la bala hubiese llegado a su destino, un cambio terrible, misterioso, estaba ocurriendo al elefante. No se volvió, ni cayó, pero cada línea de su cuerpo se había alterado. Parecía desolado, encogido, inmensamente viejo, como si el aterrador impacto de la bala le hubiese paralizado sin acabar con él. Al final, después de lo que pareció mucho tiempo – me atrevería a decir que pudieron ser cinco segundos – se tambaleó débilmente sobre sus rodillas. Empezó a babear. Una enorme senilidad se había instalado en él. Se podría decir que tenía miles de años. Le disparé en el mismo lugar. No cayó, sino que se mantuvo erguido con desesperación, con las patas temblando y la cabeza colgante. Le disparé por tercera vez. Aquello fue definitivo. Podías ver la agonía en su cuerpo, acabando con la última fuerza de sus patas. Pero al caer, sus patas traseras se colapsaron y pareció levantarse por un momento, con su tronco apuntando al cielo como un árbol. Barritó, por primera y última vez. Y entonces cayó, su vientre hacia mí, con un estruendo que pareció hacer temblar la tierra.
Me levanté. Los birmanos ya corrían delante de mí. Era obvio que el elefante no se levantaría más, pero no estaba muerto. Respiraba rítmicamente, a bocanadas largas y ruidosas, sus costillas levantándose y cayendo dolorosamente. Tenía la boca muy abierta. Esperé durante mucho tiempo que muriera, pero su respiración no se debilitaba. Finalmente, le disparé en el lugar donde creía que su corazón debía estar. La espesa sangre se vertió como terciopelo rojo, pero todavía no murió. Su cuerpo no se movía un ápice cuando los disparos le alcanzaban, la respiración torturada continuaba sin pausa. Se moría, muy lentamente y con gran agonía, pero en algún mundo remoto donde ninguna bala podía herirlo más. Sentí que tenía que acabar con aquel sonido terrorífico. Era horrible ver a la gran bestia yaciendo allí, sin poder moverse y sin poder morir y no ser siquiera capaz de acabar con él. Mandé a por mi pequeño rifle y le disparé al corazón y a la garganta. Pareció no servir de nada. Las bocanadas torturadas continuaban con la exactitud de un reloj.
Al final no pude soportarlo más y me fui. Oí después que le costó media hora más morir. Los birmanos fueron trayendo cajas desde antes que yo me fuese, y me dijeron que los descuartizaron hasta los huesos durante la tarde. Después, por supuesto, hubo interminables tertulias acerca del tiroteo del elefante. El dueño estaba furioso, pero sólo era un indio y no pudo hacer nada. Además, legalmente, hice lo correcto, porque un elefante loco debe ser sacrificado, igual que un perro loco, si su dueño no puede controlarlo. Entre los europeos la opinión se encontraba dividida. Los viejos dijeron que hice bien, los jóvenes que era una maldita vergüenza disparar a un elefante por matar a un coolie, porque un elefante vale más que cualquier maldito coolie. Y después me alivió que hubiese muerto aquel coolie, me dio el pretexto legal para matar al elefante. Muy a menudo me pregunto si alguien imaginó que lo hice sólo para evitar parecer un bobo.
Shooting an elephant, George Orwell
---------------------------------
* AKA Unos señores que vinieron de Francia cuando los que estaban aquí, que habían venido de Alemania, se quedaron sin descendencia por culpa del labio caído de su último vástago.
**Pareze ke aora la RAE ha canviado las normas ortograficas, por ke te puedes encontrar palabras como esta escrita asin en un diario presuntamente serio como El Pais, o kiza la RAE no tenga nada ke ber y estas nobedades ortograficas se devan a los recortes en heducación...
jueves, 12 de abril de 2012
Delito de resistencia pacífica
Tengo abandonado el blog. Pero escribo, escribo y escribo sin parar. Solo que no aquí, sino aquí o aquí. De repente voy con la bicicleta y me revienta una frase en la cabeza, y ahí está dando vueltas, esperando a que la encaje en un relato.
Y mientras tanto, el mundo como lo conocemos, o como nos han hecho creer que era, se desmonta. La máscara del estado de bienestar se pudre, se cae a trozos y vemos su verdadera cara. Hoy nos dicen que la resistencia pacífica constituirá un delito, que hay que robustecer la autoridad legítima de quien legítimamente tiene la exclusividad del uso de la fuerza (porque esta gentuza no sabe hablar sin caer en redundancias y demagogias). Es más, habrá que tener en cuenta que la gente igual va y vive más de lo previsto, y esto es insostenible. Los de arriba quieren sangre, y lo peor es que no sabemos muy bien quienes son. O están acojonados, porque si el chiringuito se desmonta, no van a quedar yates y putas para todos. Pero lo que más me cabrea no es que salgan los que, aparentemente, tienen el poder, o son títeres del poder (¿y qué poder será ese?) a reclamar ajustes porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades (¿quienes?). Lo que me cabrea es que ya no nos acordamos de que hace un mes escaso a los críos de 15 años los arrastraban de los pelos por Valencia, o peor, justificamos esas cargas porque algo estarían haciendo. Lo que me subleva es que el desgraciado al que su jefe le echaría a la calle si hiciese huelga no le entran ganas de mandar a su jefe a tomar por culo, sino que la emprende con los sindicatos y se enorgullece de clamar a los cuatro vientos que tiene derecho a trabajar. Lo que me asquea es que la gente les siga el juego a los de arriba y se horrorice cuando dos mindundis queman un puto contenedor, pero no cuando un ertzaina le revienta la cabeza a un chaval que pasaba por allí. Estuviera haciendo lo que estuviera haciendo. Pero claro, es que tienen la potestad del uso de la fuerza. Y si hace falta meternos en la cárcel, se nos mete. Y si hace falta matarnos, se nos mata. A ver qué nos habíamos pensado. Lo que no soporto es que la gente parezca necesitar mano dura por parte de papá estado. No puedo entender que a una dictadura lo llamen democracia, si no hace falta mentir: la mayoría de la gente aceptaría la realidad sin rechistar con que le dijeras que es por su bien. Lo que me no puedo aguantar, en resumen, es la naturaleza humana. Así que yo me rindo. Cierro el chiringuito de las protestas y de la conciencia social. Yo a mis uñas y que os den por el saco a todos, porque no os merecéis otra cosa. Y quizá yo tampoco. (Espero no estar animando a perpetrar actos vandálicos por internet, porque la pena serán dos años en breve, y en otro momento de mi vida quizá un retiro espiritual no me vendría mal, pero ahora precisamente estoy bastante satisfecha con mi pequeña vida). Buenas noches y buena suerte.
Y mientras tanto, el mundo como lo conocemos, o como nos han hecho creer que era, se desmonta. La máscara del estado de bienestar se pudre, se cae a trozos y vemos su verdadera cara. Hoy nos dicen que la resistencia pacífica constituirá un delito, que hay que robustecer la autoridad legítima de quien legítimamente tiene la exclusividad del uso de la fuerza (porque esta gentuza no sabe hablar sin caer en redundancias y demagogias). Es más, habrá que tener en cuenta que la gente igual va y vive más de lo previsto, y esto es insostenible. Los de arriba quieren sangre, y lo peor es que no sabemos muy bien quienes son. O están acojonados, porque si el chiringuito se desmonta, no van a quedar yates y putas para todos. Pero lo que más me cabrea no es que salgan los que, aparentemente, tienen el poder, o son títeres del poder (¿y qué poder será ese?) a reclamar ajustes porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades (¿quienes?). Lo que me cabrea es que ya no nos acordamos de que hace un mes escaso a los críos de 15 años los arrastraban de los pelos por Valencia, o peor, justificamos esas cargas porque algo estarían haciendo. Lo que me subleva es que el desgraciado al que su jefe le echaría a la calle si hiciese huelga no le entran ganas de mandar a su jefe a tomar por culo, sino que la emprende con los sindicatos y se enorgullece de clamar a los cuatro vientos que tiene derecho a trabajar. Lo que me asquea es que la gente les siga el juego a los de arriba y se horrorice cuando dos mindundis queman un puto contenedor, pero no cuando un ertzaina le revienta la cabeza a un chaval que pasaba por allí. Estuviera haciendo lo que estuviera haciendo. Pero claro, es que tienen la potestad del uso de la fuerza. Y si hace falta meternos en la cárcel, se nos mete. Y si hace falta matarnos, se nos mata. A ver qué nos habíamos pensado. Lo que no soporto es que la gente parezca necesitar mano dura por parte de papá estado. No puedo entender que a una dictadura lo llamen democracia, si no hace falta mentir: la mayoría de la gente aceptaría la realidad sin rechistar con que le dijeras que es por su bien. Lo que me no puedo aguantar, en resumen, es la naturaleza humana. Así que yo me rindo. Cierro el chiringuito de las protestas y de la conciencia social. Yo a mis uñas y que os den por el saco a todos, porque no os merecéis otra cosa. Y quizá yo tampoco. (Espero no estar animando a perpetrar actos vandálicos por internet, porque la pena serán dos años en breve, y en otro momento de mi vida quizá un retiro espiritual no me vendría mal, pero ahora precisamente estoy bastante satisfecha con mi pequeña vida). Buenas noches y buena suerte.
jueves, 8 de marzo de 2012
Ítaca
Feliz día de la mujer trabajadora. Me incluyo. Más aún, porque esta semana está siendo especialmente productiva, pienso mientras valoro si merendar un kiwi o reservarme para una cerveza, así como la posibilidad de meter los cerebros en la nevera y mañana más.
A raíz de mi exitosa participación en aquel concurso de relatos científicos del prestigioso centro que cuenta con mis servicios, (ver aquí), la directora científica del grupo Punset quedó prendada de mi gracejo escritoril (!) y me han citado como posible colaboradora en la revista Redes...tuve que leer varias veces el mail para convencerme de que era cierto, y sí, ayer estuve en un despacho lleno de fotos del ilustre divulgador. No sólo eso, para mayor emoción, se me comunicó que mi trabajo principal de Cambridge sería publicado en una revista poseedora de un índice de impacto que triplica a todas en las que haya podido publicar mi humilde persona en el pasado. No quepo en mí, como se pueden ustedes imaginar.
Pero vayamos al la efeméride, amigos y amigas (haciendo uso políticamente correcto (ñoño) del lenguaje, que incluye redundancias e ignorancias gramaticales que etiquetan el neutro inclusivo como masculino exclusivo). Sí, hoy es el día de la mujer (trabajadora), esa que es supermujer, tiene un trabajo de éxito, más de un hijo, y no renuncia a pintarse los labios y llevar tacones...todo eso, claro, según a quien se mire. También hay otras mujeres, nuestras madres, nuestras abuelas, incluso nuestras coetáneas, que no entran en esas categorías y a las que también se debería valorar.
El martes tuve la oportunidad de asistir a una intervención en directo de la presidenta del Institut català de les dones. No esperaba nada nuevo, y no lo tuve. Hay que luchar contra la violencia de género: totalmente de acuerdo. Hay que luchar por la igualdad de las mujeres en el entorno laboral: totalmente de acuerdo. Hay que luchar por la paridad en todos los campos y en todas las carreras...pues eso no me parece tan relevante hoy por hoy: reduciéndome a la anécdota de la propia experiencia, no creo que las mujeres de mi generación hayan tenido trabas para estudiar ingeniería si les daba la gana. Y si hay más biólogas que ingenieras, tampoco creo que sea por la falta de de visibilidad de la mujer que genera falta de modelos. Yo, desde luego, cuando elegí mi carrera, no tenía ni idea de quien fue Rita Levi Montalcini, y sí Ramón y Cajal, y aún así seguí ¿un modelo masculino? ¿o quizá debemos de dejar de plantearnos esa cuestión y empezar a mirar modelos de persona? Estos objetivos, dijo la señora política, son nuestra Ítaca. Ays, que patinazo. Tanta corrección política y elige el peor ejemplo; creo que se le olvida momentáneamente quien espera en Ítaca a Odiseo, también conocido como Ulises, personaje eminentemente machote que mata cíclopes y se cepilla a toda vírgen abandonada o nínfula de dudosa moral que se encuentra por el camino: su fiel esposa Penélope, que se pasa el día tejiendo y la noche destejiendo para que ninguno de sus pretendientes la deshonre, porque sabe a ciencia cierta que el rey de la casa y de la isla volverá, así pasen veinte años. Y voy al punto: lo que, creo, nos hace falta no son cuotas, ni me hablar de miembras. Dennos a todas (y a todos) una igualdad real de oportunidades, de derechos y de deberes (de la que creo que estamos cada vez más cerca*), y sobre todo, una educación completa, algo que desafortunadamente en este país parece un bien escaso. Lo demás saldrá solo, poco a poco, si seguimos actuando sin complejos y sin victimismo.
(Aunque nos amenacen con retrocesos estos nuevos adalides de la libertad. Se les tenía que caer la lengua a algunos cuando dicen según que cosas.)
----------------------------------------------------
*Ojo, me refiero a mi propio contexto (que estoy segura veremos cambiar con el auge del nacionalcatolicismo durante estos años). En el mundo existen multitud de ejemplos de países en las que las mujeres son poco más que ganado, y encima soportan el peso de la familia y de la tradición, pero ya hay gente más experta que yo que nos horroriza, cuando la crisis y la bolsa dejan un huequecito, con estas cuestiones.
A raíz de mi exitosa participación en aquel concurso de relatos científicos del prestigioso centro que cuenta con mis servicios, (ver aquí), la directora científica del grupo Punset quedó prendada de mi gracejo escritoril (!) y me han citado como posible colaboradora en la revista Redes...tuve que leer varias veces el mail para convencerme de que era cierto, y sí, ayer estuve en un despacho lleno de fotos del ilustre divulgador. No sólo eso, para mayor emoción, se me comunicó que mi trabajo principal de Cambridge sería publicado en una revista poseedora de un índice de impacto que triplica a todas en las que haya podido publicar mi humilde persona en el pasado. No quepo en mí, como se pueden ustedes imaginar.
Pero vayamos al la efeméride, amigos y amigas (haciendo uso políticamente correcto (ñoño) del lenguaje, que incluye redundancias e ignorancias gramaticales que etiquetan el neutro inclusivo como masculino exclusivo). Sí, hoy es el día de la mujer (trabajadora), esa que es supermujer, tiene un trabajo de éxito, más de un hijo, y no renuncia a pintarse los labios y llevar tacones...todo eso, claro, según a quien se mire. También hay otras mujeres, nuestras madres, nuestras abuelas, incluso nuestras coetáneas, que no entran en esas categorías y a las que también se debería valorar.
El martes tuve la oportunidad de asistir a una intervención en directo de la presidenta del Institut català de les dones. No esperaba nada nuevo, y no lo tuve. Hay que luchar contra la violencia de género: totalmente de acuerdo. Hay que luchar por la igualdad de las mujeres en el entorno laboral: totalmente de acuerdo. Hay que luchar por la paridad en todos los campos y en todas las carreras...pues eso no me parece tan relevante hoy por hoy: reduciéndome a la anécdota de la propia experiencia, no creo que las mujeres de mi generación hayan tenido trabas para estudiar ingeniería si les daba la gana. Y si hay más biólogas que ingenieras, tampoco creo que sea por la falta de de visibilidad de la mujer que genera falta de modelos. Yo, desde luego, cuando elegí mi carrera, no tenía ni idea de quien fue Rita Levi Montalcini, y sí Ramón y Cajal, y aún así seguí ¿un modelo masculino? ¿o quizá debemos de dejar de plantearnos esa cuestión y empezar a mirar modelos de persona? Estos objetivos, dijo la señora política, son nuestra Ítaca. Ays, que patinazo. Tanta corrección política y elige el peor ejemplo; creo que se le olvida momentáneamente quien espera en Ítaca a Odiseo, también conocido como Ulises, personaje eminentemente machote que mata cíclopes y se cepilla a toda vírgen abandonada o nínfula de dudosa moral que se encuentra por el camino: su fiel esposa Penélope, que se pasa el día tejiendo y la noche destejiendo para que ninguno de sus pretendientes la deshonre, porque sabe a ciencia cierta que el rey de la casa y de la isla volverá, así pasen veinte años. Y voy al punto: lo que, creo, nos hace falta no son cuotas, ni me hablar de miembras. Dennos a todas (y a todos) una igualdad real de oportunidades, de derechos y de deberes (de la que creo que estamos cada vez más cerca*), y sobre todo, una educación completa, algo que desafortunadamente en este país parece un bien escaso. Lo demás saldrá solo, poco a poco, si seguimos actuando sin complejos y sin victimismo.
(Aunque nos amenacen con retrocesos estos nuevos adalides de la libertad. Se les tenía que caer la lengua a algunos cuando dicen según que cosas.)
----------------------------------------------------
*Ojo, me refiero a mi propio contexto (que estoy segura veremos cambiar con el auge del nacionalcatolicismo durante estos años). En el mundo existen multitud de ejemplos de países en las que las mujeres son poco más que ganado, y encima soportan el peso de la familia y de la tradición, pero ya hay gente más experta que yo que nos horroriza, cuando la crisis y la bolsa dejan un huequecito, con estas cuestiones.
martes, 7 de febrero de 2012
Los siervos
Llevo bastantes meses reflexionando sobre los tiempos que corren, desde que nos hicieron creer que sentándonos un rato en una plaza pública el mundo iba a cambiar para a continuación convencernos de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y es necesario apretarse el cinturón. En realidad, el mundo nunca cambia, y si cambia no es más que para convertir a los cerdos en hombres, como ya nos enseñó el alter ego de Eric Arthur Blair.
A veces intento empaparme de ese optimismo envidiable que rezuman las personas que aún creen que otro mundo es posible, que pequeñas mejoras locales hacen que la vida valga la pena. Incluso hace unos meses doy clases como voluntaria en una escuela de adultos con un gran proyecto humano a un variopinto grupo de personas que intentan sacarse el graduado y de las que aprendo cada día algo, amén de alejarme de mi rutina diaria para ver mi vida desde lejos, como me aconsejó tantas veces el Hombre Feliz. A veces, esta actividad, que se convierte entonces en nada altruista, hace que me sienta bien conmigo misma por devolver a la sociedad algo de lo que me ha dado.
Pero mi naturaleza pesimista siempre aflora, y no puedo menos que estar convencida de que vivo rodeada de siervos. Que yo misma pertenezco a esa clase triste y deleznable. No se explica si no que a estas alturas no hayamos salido a rebanar pescuezos, sino que o bien nos hayamos quedado en casa, o bien hayamos votado a los de siempre, o bien seamos más tontos que los obreros de derechas, y en todo caso sigamos yendo religiosamente a trabajar, aquellos que gozamos de ese privilegio. No, esos obreros no es que sean tontos, la mayoría de la humanidad no es tonta, no vota o se sienta en la plaza o se queda en su casa por esa razón. La mayoría de la humanidad es conservadora porque está compuesta de siervos, de mediocres que no saben hacer otra cosa que rezar virgencita que me quede como estoy y esperar que de la mesa del de arriba (que antaño, pese a que no se había inventado la sociedad de la información, teníamos identificado (el señor feudal, el aristócrata, el rey), pero que ahora se nos esconde en forma de un ente llamado los mercados al que, evidentemente, se hace difícil ponerle cuello) caiga una miga para sentir que no está tan mal. La mayoría de la humanidad es envidiosa y avara, y quisiera para sí lo que tiene el de arriba, pero es demasiado pusilánime para disputarle los privilegios, y demasiado rastrera para ser generosa con el de abajo, al que, a falta de energías para construir una sociedad justa, teme y odia a la vez por pensar que algún día le pueda quitar esa miga miserable que ha caído de la mesa.
Lamentablemente, ahora sé que incluso intentar evadirse de la realidad viendo Bob Esponja (cosa que tampoco antes había intentado) es de todo punto pernicioso. Y si no lo creéis, mirad aquí. Vale la pena verlo hasta el final.
A veces intento empaparme de ese optimismo envidiable que rezuman las personas que aún creen que otro mundo es posible, que pequeñas mejoras locales hacen que la vida valga la pena. Incluso hace unos meses doy clases como voluntaria en una escuela de adultos con un gran proyecto humano a un variopinto grupo de personas que intentan sacarse el graduado y de las que aprendo cada día algo, amén de alejarme de mi rutina diaria para ver mi vida desde lejos, como me aconsejó tantas veces el Hombre Feliz. A veces, esta actividad, que se convierte entonces en nada altruista, hace que me sienta bien conmigo misma por devolver a la sociedad algo de lo que me ha dado.
Pero mi naturaleza pesimista siempre aflora, y no puedo menos que estar convencida de que vivo rodeada de siervos. Que yo misma pertenezco a esa clase triste y deleznable. No se explica si no que a estas alturas no hayamos salido a rebanar pescuezos, sino que o bien nos hayamos quedado en casa, o bien hayamos votado a los de siempre, o bien seamos más tontos que los obreros de derechas, y en todo caso sigamos yendo religiosamente a trabajar, aquellos que gozamos de ese privilegio. No, esos obreros no es que sean tontos, la mayoría de la humanidad no es tonta, no vota o se sienta en la plaza o se queda en su casa por esa razón. La mayoría de la humanidad es conservadora porque está compuesta de siervos, de mediocres que no saben hacer otra cosa que rezar virgencita que me quede como estoy y esperar que de la mesa del de arriba (que antaño, pese a que no se había inventado la sociedad de la información, teníamos identificado (el señor feudal, el aristócrata, el rey), pero que ahora se nos esconde en forma de un ente llamado los mercados al que, evidentemente, se hace difícil ponerle cuello) caiga una miga para sentir que no está tan mal. La mayoría de la humanidad es envidiosa y avara, y quisiera para sí lo que tiene el de arriba, pero es demasiado pusilánime para disputarle los privilegios, y demasiado rastrera para ser generosa con el de abajo, al que, a falta de energías para construir una sociedad justa, teme y odia a la vez por pensar que algún día le pueda quitar esa miga miserable que ha caído de la mesa.
Lamentablemente, ahora sé que incluso intentar evadirse de la realidad viendo Bob Esponja (cosa que tampoco antes había intentado) es de todo punto pernicioso. Y si no lo creéis, mirad aquí. Vale la pena verlo hasta el final.
jueves, 12 de enero de 2012
Mas porque, en fin, hallé que las comedias
estaban en España, en aquel tiempo,
no como sus primeros inventores
pensaron que en el mundo se escribieran,
mas como las trataron muchos bárbaros
que enseñaron el vulgo a sus rudezas;
y así, se introdujeron de tal modo
que, quien con arte agora las escribe,
muere sin fama y galardón, que puede,
entre los que carecen de su lumbre,
más que razón y fuerza, la costumbre.
Verdad es que yo he escrito algunas veces
siguiendo el arte que conocen pocos,
mas luego que salir por otra parte
veo los monstruos, de apariencia llenos,
adonde acude el vulgo y las mujeres
que este triste ejercicio canonizan,
a aquel hábito bárbaro me vuelvo;
y, cuando he de escribir una comedia,
encierro los preceptos con seis llaves;
saco a Terencio y Plauto de mi estudio,
para que no me den voces (que suele
dar gritos la verdad en libros mudos),
y escribo por el arte que inventaron
los que el vulgar aplauso pretendieron,
porque, como las paga el vulgo, es justo
hablarle en necio para darle gusto.
del "Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo", Lope de Vega.
Si tras cuatro siglos el vulgo español que define Lope sigue igual, ¿significa que no tenemos remedio?
estaban en España, en aquel tiempo,
no como sus primeros inventores
pensaron que en el mundo se escribieran,
mas como las trataron muchos bárbaros
que enseñaron el vulgo a sus rudezas;
y así, se introdujeron de tal modo
que, quien con arte agora las escribe,
muere sin fama y galardón, que puede,
entre los que carecen de su lumbre,
más que razón y fuerza, la costumbre.
Verdad es que yo he escrito algunas veces
siguiendo el arte que conocen pocos,
mas luego que salir por otra parte
veo los monstruos, de apariencia llenos,
adonde acude el vulgo y las mujeres
que este triste ejercicio canonizan,
a aquel hábito bárbaro me vuelvo;
y, cuando he de escribir una comedia,
encierro los preceptos con seis llaves;
saco a Terencio y Plauto de mi estudio,
para que no me den voces (que suele
dar gritos la verdad en libros mudos),
y escribo por el arte que inventaron
los que el vulgar aplauso pretendieron,
porque, como las paga el vulgo, es justo
hablarle en necio para darle gusto.
del "Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo", Lope de Vega.
Si tras cuatro siglos el vulgo español que define Lope sigue igual, ¿significa que no tenemos remedio?
sábado, 31 de diciembre de 2011
2011: Epílogo
Es tiempo de echar la vista atrás. O hacia delante, como los aymaras*. Y nada mejor para esto que releer esta compilación de pataletas que es el blog y más allá**. Por eso este año no hay epílogo: sólo comentaré que, repasando mis aventuras pasadas, me he dado cuenta de que, pudiendo pedirle mucho más a la vida, de momento tampoco se me ha dado tan mal. Es más, dejando de lado mi ombligo y mirando los de alrededor, me toca sentirme afortunada por poder acompañar y ser acompañada por el puñado de personas maravillosas que me han tocado en suerte. Me permito robar las reflexiones de una de ellas, porque creo que yo no lo podría explicar mejor. Especialmente, este año que acaba me hace feliz (quien me lo iba a decir hace unos años) comprobar que estamos en la época (qué le vamos a hacer, es la treintena) de siembra de nuevos ombligos.
Cierro con un soneto que escribí hace por lo menos quince años, cuando me entretenía en plagiar a Lorca con muy poca fortuna, pero que constituye una de las pocas reflexiones optimistas que haya podido llevar a cabo durante mi adolescencia. Optimismo necesario frente a los presagios de catástrofe con que nos bombardean diariamente.
Cierro con un soneto que escribí hace por lo menos quince años, cuando me entretenía en plagiar a Lorca con muy poca fortuna, pero que constituye una de las pocas reflexiones optimistas que haya podido llevar a cabo durante mi adolescencia. Optimismo necesario frente a los presagios de catástrofe con que nos bombardean diariamente.
Ya no quiero más voces desangradas
ni más vientos helados en los huesos;
no quiero un solo muerto sin descanso
ni quiero un tren amargo de vacío.
No quiero ver el ojo de miseria
ni los cuchillos de filo oxidado;
no quiero ver más carne amoratada
ni saber cuánta tierra está podrida.
Aquí quiero voces de cristal trémulo,
de brisas azules y ojos cerrados,
yo quiero carne mineral y tierra
ebria de oxígeno y amor de agua;
quiero desnudar cortinas y palabras
para cantar como un pájaro de nieve.
Ojalá no nos quiten el derecho a cantar...
------------------------------------------------------------
**A saber: un poemario que redacté entre los 15 y los 19 (se ve que con la conclusión de la segunda década murió mi vena poética), unos cuantos relatos de la misma época, los típicos pensamientos poco útiles...todos enterrados en el fondo de un cajón, redactados pacientemente en un ordenador antediluviano que aún no conocía el Word e impresos en una impresora de agujas.
martes, 20 de diciembre de 2011
Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus
A veces digo que no tengo nada, si acaso algo de ropa y una bicicleta. Nunca he sido una persona apegada a lo material. Y sin embargo, ahora que toca una nueva mudanza (aunque todavía no sepamos muy bien el destino), me doy cuenta de que además tengo cinco cajas de libros que he ido acumulando en nuestro piso de estudiantes durante los ocho últimos años. Imagino mi casa del futuro, cuando me deje de vaivenes, cumpliendo dos requisitos indispensables: que sea luminosa, y que tenga una habitación forrada de libros. La biblioteca, si hacemos caso a Eco, y antes a Borges, y mucho antes a la cábala, es el universo. Quizá por eso sacar mis libros de su estantería, apilarlos en cajas de cartón y no saber cuándo ni dónde podré volver a colocarlos me apena profundamente; a mí, que siempre pensé que podía ser una nómada sine die y sin ataduras terrenales; a mí, que comencé la tarea de sacar los libros con el propósito de, quizá, donar algunos a la biblioteca municipal, regalar algún otro, dejar en la casa los menos valiosos. A fin y al cabo, casi todos son de bolsillo: nunca compro tapa dura si puedo evitarlo, en parte por comodidad, sobre todo por racanería. Llegué incluso a pensar, en mi insoportable pragmantismo, en cuánto espacio y esfuerzo me ahorraría de tener uno de esos horribles ibuks. No contaba con que mis libros no son solo hojas impresas, como aquel diario que servía para envolver acelgas. Mis libros guardan la sombra de mis días, en forma de billetes de tren, flores secas, marcas de lectura; mis libros cuentan mi historia. El andamio de mi infancia de Bécquer y Espronceda, mi adolescencia de Dostoyevsky, Lorca, Neruda, mi juventud de Orwell y Cortázar. Y todos los otros que se han apoyado en estos: Miguel Hernández, Gorky, Zola, Borges, Steinbeck*...Mi manía de comprar libros de segunda mano allá donde voy: las versiones italianas de Eco, Buzzati, Moravia, que tanto disfruto leyendo; las inglesas de Doris Lessing, Scott Fitzgerald, Kerouac, que siempre llevo a mitad porque el inglés es un idioma feo por demasiado asociado al trabajo.
Hasta estos días, haya estado en Roma, Cambridge, o Barcelona, siempre volvía al roñoso piso de alquiler en el área metropolitana de Valencia donde me esperaban mi other half y mi montón de hojas impresas. Ahora, después de tres años en el exilio, otra época de tantas que vivimos superpuestas, parece llegar a su fin. Sin que se atisbe de lejos la posibilidad de la casa iluminada con la habitación de los libros. Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus.
---------------------------------------------------------------------------
*Acabo de darme cuenta, poniendo a todos estos autores juntos, de lo peligrosa que hubiese resultado mi colección hace un puñado de décadas (de hecho, como siempre sugería mi other half cuando iba a comprar un libro con tarjeta, la TIA me debería estar siguiendo el rastro por acumulación de panfletos), e inocentemente me doy cuenta, a estas alturas, de donde vienen mis ideas políticas, si es que tengo algo similar.
Hasta estos días, haya estado en Roma, Cambridge, o Barcelona, siempre volvía al roñoso piso de alquiler en el área metropolitana de Valencia donde me esperaban mi other half y mi montón de hojas impresas. Ahora, después de tres años en el exilio, otra época de tantas que vivimos superpuestas, parece llegar a su fin. Sin que se atisbe de lejos la posibilidad de la casa iluminada con la habitación de los libros. Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus.
---------------------------------------------------------------------------
*Acabo de darme cuenta, poniendo a todos estos autores juntos, de lo peligrosa que hubiese resultado mi colección hace un puñado de décadas (de hecho, como siempre sugería mi other half cuando iba a comprar un libro con tarjeta, la TIA me debería estar siguiendo el rastro por acumulación de panfletos), e inocentemente me doy cuenta, a estas alturas, de donde vienen mis ideas políticas, si es que tengo algo similar.
jueves, 24 de noviembre de 2011
The great pretender
Las memorias emocionales son extraordinariamente precisas (pero de la amígdala hablaremos otro día): hace 27 años, en mi casa, una tarde, un hombre se asomó al televisor ataviado con un enorme bigote negro, una bonita peluca y una minifalda de cuero; entonces, a mis tiernos 4 añitos, me enteré de que existían múltiples tipos de personas, con múltiples opciones de vida, como me tuvo que explicar mi madre; hace 20 años, tal día como hoy, en el chalé de mis abuelos, entré en shock al oír en las noticias del mediodía que Freddie Mercury, quien desde hacía unos meses era mi nuevo ídolo musical, acababa de morir. Entonces no existían ni los ipos ni los cedeses (mira que soy vieja) y yo me grababa sus canciones con un casette cuando las ponían en la radio, y de noche, al irme a dormir, las escuchaba una y otra vez. Esas navidades les pedí a mis padres (como no tuve infancia, no recuerdo haber creído nunca en los reyes) el vinilo (joer, sí que soy vieja) Greatest Hits II. Hace 16 años gané por primera vez dinero por mí misma (el concurso de literatura del instituto, 5000 pesetas, joer mira que...) y mi primera inversión fue un libro de la biografía de Freddie Mercury. Más tarde, cuando empecé a trabajar de verdad, y se inventaron los cedeses y la esgae, poco a poco me hice con todos los de Queen de los '70 y algunos posteriores (nunca he podido tragarme los infumables Flash ni Hot Space, lo siento): puedo recitar de memoria todas sus canciones.
Por darme el gustazo de revisitarlas, y por ponerme un reto con el que procrastinar aún más hoy (sí, debería estar trabajando), me permito elaborar, cual protagonista de High Fidelity, las 5 canciones de Queen que me apetece escuchar esta noche por orden cronológico (y vale que muchas son de May, pero no hubieran valido un pimiento si no las hubiera cantado Mercury) en memoria del más grande, que voló, con las alas de mariposa que llevaba pintadas en el alma, hace hoy veinte años, dejándonos una leyenda y un gusto agriamargodulce en la boca del estómago.
1. Keep yourself alive (Decora, como típica frase que se coloca para demostrar que eres muy culto y leído y has seguido a los clásicos durante tus estudios, la primera página de mi tesis doctoral)
2. Bohemian Rhapsody (La mejor, sin duda)
3. Somebody to love
4. Don't stop me now
5. The show must go on (Qué remedio!)
Y una de regalo, que, aunque es una versión, ilustra perfectamente la personalidad (dicen) del genio.
Bis. The great pretender.
Cuando alguien te pone los pelos de punta tantos años después de desintegrarse, significa que la muerte no existe.
Por darme el gustazo de revisitarlas, y por ponerme un reto con el que procrastinar aún más hoy (sí, debería estar trabajando), me permito elaborar, cual protagonista de High Fidelity, las 5 canciones de Queen que me apetece escuchar esta noche por orden cronológico (y vale que muchas son de May, pero no hubieran valido un pimiento si no las hubiera cantado Mercury) en memoria del más grande, que voló, con las alas de mariposa que llevaba pintadas en el alma, hace hoy veinte años, dejándonos una leyenda y un gusto agriamargodulce en la boca del estómago.
1. Keep yourself alive (Decora, como típica frase que se coloca para demostrar que eres muy culto y leído y has seguido a los clásicos durante tus estudios, la primera página de mi tesis doctoral)
2. Bohemian Rhapsody (La mejor, sin duda)
3. Somebody to love
4. Don't stop me now
5. The show must go on (Qué remedio!)
Y una de regalo, que, aunque es una versión, ilustra perfectamente la personalidad (dicen) del genio.
Bis. The great pretender.
Cuando alguien te pone los pelos de punta tantos años después de desintegrarse, significa que la muerte no existe.
domingo, 20 de noviembre de 2011
La siesta de la democracia
Después de un domingo de sofá y arroz con setas, bajo a la calle con dos bolsas de basura y, tras depositarlas en la urna electoral, me dirijo al contenedor e inserto las papeletas en el ídem correspondiente...¿o lo he hecho al revés? No me importa, va a servir para lo mismo.
sábado, 19 de noviembre de 2011
La manzana de Alan y el bacilo de Piotr
Dice Borges que un solo hombre ha nacido, un solo hombre a muerto en la Tierra. Afirmar lo contrario es mera estadística, y yo lo creo, porque la historia se repite de manera circular (y si no ya veréis mañana como las televisiones nos ofrecen el mismo espectáculo dantesco de cada 4 años), la energía ni se crea ni se destruye, el fatum nos arrastra a coincidencias cómicas, melodramáticas, trágicas.
¿Soñó Tchaikovsky, en una última agonía de cisnes blancos y negros, con quien 19 años después de su muerte nacería con su mismo destino? ¿Era consciente Turing de que su muerte a las afueras de Manchester era una copia distorsionada de aquélla que aconteció 61 años atrás en San Petersburgo? ¿Qué podían tener en común el compositor ruso que probablemente sea unos de los más conocidos por la cultura popular con el matemático inglés que imaginó por primera vez un mundo de máquinas pensantes, o lo que es lo mismo, el padre de la informática, sino su muerte? A ambos los suicidaron, porque habían elegido la libertad sexual en un mundo en el que la libertad todavía no se había extendido tanto como en el actual (pero cuántas veces pienso que quizá aquella libertad reprimida lo fuera más que la que disfrutamos ahora, tantas veces pisoteada, adulterado su nombre por unos cuantos que braman desde sus púlpitos y que si no fuera porque dan tanta risa, nos darían escalofríos de miedo).
El ruso, cuando el comité de ilustres dictaminó su sentencia, decidió beber agua contaminada. El inglés, tras un doloroso proceso de castración química, se decantó por la poesía blanca y nevada de una manzana envenenada*.
En la jornada de reflexión no se debe hacer apología de ningún partido, por eso yo, desde mi humilde púlpito, comparto esta pequeña historia para, emulando a la iglesia universal (que no hace apología de ninguna ideología, faltaría más), aconsejar a mis fieles (o sea, a mí misma y a quien se pase por aquí) no votar a un partido que atente contra su conciencia. Yo, que respeto todas las conciencias, sobre todo cuando son verdes y hacen cri, sé que contra la mía atentan aquellos que, entre otras muchas cosas que no tienen que ver con la bonita historia relatada, creen que quienes eligen al irse al catre lo mismo que Turing y Tchaikovsky deben hacerlo a escondidas.
-----------------------------------------
* Pero también dicen que en realidad Tchaikovsky murió de cólera por accidente, y que Turing era un guarrete que no se lavaba las manos después de sus experimentos. Aquella manzana regada con cianuro, dicen, decora unas computadoras muy conocidas...
------------------------------------------
PS. Las vueltas que da la vida, las casualidades del destino, o como quiera usted llamarlo, han hecho que desde hace un mes, mi sueldo lo sufrague un excelentísimo ex-fellow Cambridgeano, que realizó su tesis doctoral con uno de los premios nobeles del Trinity. Pues bien, atentos al e-mail que nos ha forwardeado hoy a los miembros de su grupo, para que sepamos de sus actividades extraescolares:
¿Soñó Tchaikovsky, en una última agonía de cisnes blancos y negros, con quien 19 años después de su muerte nacería con su mismo destino? ¿Era consciente Turing de que su muerte a las afueras de Manchester era una copia distorsionada de aquélla que aconteció 61 años atrás en San Petersburgo? ¿Qué podían tener en común el compositor ruso que probablemente sea unos de los más conocidos por la cultura popular con el matemático inglés que imaginó por primera vez un mundo de máquinas pensantes, o lo que es lo mismo, el padre de la informática, sino su muerte? A ambos los suicidaron, porque habían elegido la libertad sexual en un mundo en el que la libertad todavía no se había extendido tanto como en el actual (pero cuántas veces pienso que quizá aquella libertad reprimida lo fuera más que la que disfrutamos ahora, tantas veces pisoteada, adulterado su nombre por unos cuantos que braman desde sus púlpitos y que si no fuera porque dan tanta risa, nos darían escalofríos de miedo).
El ruso, cuando el comité de ilustres dictaminó su sentencia, decidió beber agua contaminada. El inglés, tras un doloroso proceso de castración química, se decantó por la poesía blanca y nevada de una manzana envenenada*.
En la jornada de reflexión no se debe hacer apología de ningún partido, por eso yo, desde mi humilde púlpito, comparto esta pequeña historia para, emulando a la iglesia universal (que no hace apología de ninguna ideología, faltaría más), aconsejar a mis fieles (o sea, a mí misma y a quien se pase por aquí) no votar a un partido que atente contra su conciencia. Yo, que respeto todas las conciencias, sobre todo cuando son verdes y hacen cri, sé que contra la mía atentan aquellos que, entre otras muchas cosas que no tienen que ver con la bonita historia relatada, creen que quienes eligen al irse al catre lo mismo que Turing y Tchaikovsky deben hacerlo a escondidas.
-----------------------------------------
* Pero también dicen que en realidad Tchaikovsky murió de cólera por accidente, y que Turing era un guarrete que no se lavaba las manos después de sus experimentos. Aquella manzana regada con cianuro, dicen, decora unas computadoras muy conocidas...
------------------------------------------
PS. Las vueltas que da la vida, las casualidades del destino, o como quiera usted llamarlo, han hecho que desde hace un mes, mi sueldo lo sufrague un excelentísimo ex-fellow Cambridgeano, que realizó su tesis doctoral con uno de los premios nobeles del Trinity. Pues bien, atentos al e-mail que nos ha forwardeado hoy a los miembros de su grupo, para que sepamos de sus actividades extraescolares:
Dear Dr. X,
In 2004 you pointed out to me that two pages on our digital archive http://www.turingarchive.org/ (pages 70-71 of AMT/B/22) were incorrect. It has taken seven years but we have finally sorted it out. I just wanted to let you know.
Y
Archivist
King's College
A veces, llego a echar de menos el humor inglés....
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Un matemático indio en Cambridge
Hace un año que empecé a trabajar en Barcelona, tres años y cinco días que me ofrecieron un puesto de trabajo en Cambridge. Celebro la efeméride con la edificante historia de Srinivasa Ramanujan*, una de esos perlas con que se nos obsequia de vez en cuando.
Ramanujan suspendió hasta tres veces los exámenes de acceso a la Universidad, debido, según dicen, a su falta de manejo con el inglés y a su negativa por motivos religiosos de realizar las disecciones de rigor para las prácticas de fisiología. Se colocó de contable, con un sueldo de 20 libras al año, pero, obsesionado con los números, sobre todo los primos y los irracionales como π, pasaba la vida rellenando cientos de cuadernos con fórmulas matemáticas que le dictaba la diosa Namagiri en sueños, con notación propia y casi indescifrable para un matemático formal. Hasta que un buen día, hace 100 años, se le ocurrió embutir buena parte de sus pasatiempos en un sobre y mandarlos a la sede del Imperio. Varios matemáticos recibieron semejante despropósito y lo ignoraron, pero un señor de Cambridge, GH Hardy, que no en vano había declarado una guerra abierta a Dios, se dio cuenta de que aquella no era la obra de un loco, sino de un genio. Movió los hilos necesarios, y allá por el año 14, el bueno de Ramanujan dejaba atrás familia, esposa y curry, y desembarcaba en Albión, más concretamente en el Trinity College. No me interesa aquí desglosar sus logros matemáticos (unos 4000 ecuaciones y fórmulas, algunas que ya se habían descubierto pero que él no conocía, como la función z de Riemann; muchas otras originales), sobre todo porque son insondables para mi corto entendimiento: dejémoslo en que este indio pobre y sin formación fue el primero de su nacionalidad (futura, claro) en ser aceptado como miembro de la Royal Society. Me interesa sobre todo, aparte de por el valor fantástico de su biografía, y la pena de no poder estudiar qué ocurría en su cerebro cuando soñaba, dejar constancia de que una estancia por aquellas tierras supuso para alguien un calvario mucho mayor que para la que suscribe. Desde el principio, Ramanujan, que era un vegetariano estricto, encontraba incomibles los manjares que se le ofrecían (vamos, me imagino la dieta: patatas y guisantes hervidos. Faltaba mucho para la inauguración del Gandhi de Regent St, al que tantas veces pedimos take away). Sus pies nunca se acostumbraron a los zapatos ingleses, como jamás lo hizo su cuerpo al frío insoportable. Desarrolló tuberculosis e infecciones intestinales, y tras 2 años en Cambridge, pasó uno entero ingresado en un hospital a las afueras de Londres. Se cuenta que un día Hardy fue a visitarlo, y por animarlo le comentó que el número del taxi que le había llevado, 1729, no tenía nada de especial. Ramanujan le contradijo enseguida, haciéndole notar que aquel era el número más pequeño que podía ser expresado como la suma de dos cubos. Al poco tiempo, regresó a Madrás para morir, a los 32 años de edad. Quien sabe si le valió la pena aquella aventura que le costó la vida y al mismo tiempo le dio la inmortalidad enciclopédica. Quien sabe si no hubiese preferido haber llegado a viejo mientras Namagiri le seguía dictando fórmulas en sueños. Al que sí le valió la pena fue a Hardy, quien al envejecer se consolaba recordando el único episodio romántico de su vida, siempre contando como su mayor logro el haber podido trabajar con Ramanujan (y con Littlewood, pero esa es otra historia) casi de igual a igual.
Y sin más se despide quien escribe hasta la siguiente entrega de Pequeñas historias, que llegará puntualmente en la jornada de reflexión y desvelará un interesante punto en común entre un compositor ruso y un matemático inglés...
-------------------------------
*Fuente: Cambridge Scientific Minds, Harman & Mitton Ed. Cambridge University Press. O sea, uno de los libros que vinieron en una caja de botas y que aún no había tenido moral de leer...
lunes, 24 de octubre de 2011
Collage
Cada viernes, meto dos mudas en una mochila y escapo pronto de mis obligaciones en el campo de la mejora del mundo en el que vivimos camino a la estación de Barcelona-Sants. Paso bastantes horas en el tren (chiste, ¿no es éste el colmo de la nieta de un ferroviario*?), y estos viajes no dejan de proporcionarme interesantes aventuras. Por ejemplo, la semana pasada la pasajera de mi lado, tras una excursión a la cafetería para agenciarse la revista Paisajes desde el tren, extrajo una bolsa del mercadona de su mochila, conteniendo unas tijeras de punta redonda y mango amarillo y una libreta de gusanillo preñada de collages, y ni corta ni perezosa, empleó las tres horas restantes de trayecto recortando primorosamente ahora un paisaje montañoso, ahora una pequeña luna (que le iban que ni pintados a un ciclista que salió de la bolsa de plástico), ahora una letra y otra, y otra (sí, como los asesinos en serie y los psicópatas de las pelis americanas). El hecho de que aquella señorita despeinada matase el tiempo con aquella actividad no me hubiese sorprendido si la semana anterior no hubiese yo hecho lo propio sacando de repente unas tijeritas de las uñas, un rollo de celo y unas fotos impresas de mi mochila. Vivimos en la mente de alguien perverso que se entretiene en marearnos con las casualidades, pensé. Pensé, además, que si mi compañera de viaje de entonces hubiese sido la mitad de paranoica que yo con respecto a las actividades poco comunes de los demás, hubiera pensado que yo era una persona con un trastorno psiquiátrico que le iba a sacar los ojos con las tijeras (sorprendente que el señor del control de seguridad no se percatase de su existencia, cuando en el cartel de entrada especifica muy claramente que está prohibido acarrear todo tipo de objetos punzantes), hasta que se apercibiera de que simplemente preparaba una tarjeta de felicitación de boda-mudanza a unos amigos recién casados y casi mudados (cogiendo, dicho sea de paso, un colocón de la muerte intentando atinar con el celo a pesar del traqueteo del Talgo). Porque, pensé, la pasajera de mi lado no parecía tener un motivo tan lógico para recortar y pegar: más bien, sospeché, algo no le funcionaba del todo en la azotea. Me convencieron de ello el volumen de la libreta, los recortables que asomaban de la bolsa de plástico y la parsimonia un tanto alucinada con que escogía nuevos trozos que recortar.
O quizá, pensé, aquella muchacha pensaba que nuestras vidas no son más que un collage irregular del que comprenderemos el significado cuando encontremos todas las piezas, y estaba empeñada en buscar las que aún le faltaban, para darle una forma lógica, un porqué entre pegotones de distintos colores y formas. Aquella chica quizá llevase en la bolsa de mercadona la historia entera de su vida contada a través de reflejos impresos e imperfectos de sus recuerdos, y quizá crea que un día aparecerá la pieza perfecta que unirá todo el conjunto. Lo triste es que entonces ya no necesitará buscar más, y se sentará en la penumbra a hojear su retrato mientras espera la muerte.
--------------------------------------------------------
*Parentesco que me ha proporcionado otro minuto de gloria, a los que mi yo megalómano es tan aficionado...además de ser una de las pocas características comunes que poseo con mi other half.
O quizá, pensé, aquella muchacha pensaba que nuestras vidas no son más que un collage irregular del que comprenderemos el significado cuando encontremos todas las piezas, y estaba empeñada en buscar las que aún le faltaban, para darle una forma lógica, un porqué entre pegotones de distintos colores y formas. Aquella chica quizá llevase en la bolsa de mercadona la historia entera de su vida contada a través de reflejos impresos e imperfectos de sus recuerdos, y quizá crea que un día aparecerá la pieza perfecta que unirá todo el conjunto. Lo triste es que entonces ya no necesitará buscar más, y se sentará en la penumbra a hojear su retrato mientras espera la muerte.
--------------------------------------------------------
*Parentesco que me ha proporcionado otro minuto de gloria, a los que mi yo megalómano es tan aficionado...además de ser una de las pocas características comunes que poseo con mi other half.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)