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domingo, 3 de enero de 2016

Turno de noche (I): El trabajo

Durante tres años, Half & Carmen fueron peones industriales en turno de noche en una rotativa, todos los fines de semana del curso y siempre que había hueco durante los meses de verano y otras vacaciones.

Empezamos firmando contratos de fin de semana, vía las recién puestas de moda ETTs, y al cabo de varios meses pasamos a firmarlos por un mes. Corría el año 2000, y la hora de peón salía a algo menos de 800 pesetas (algo menos de 5 euros después). No se cobraba ningún plus por trabajar en turno de noche, claro, porque el horario normal de la empresa era nocturno. Aunque en realidad la rotativa no paraba nunca: de día se imprimían los suplementos, de noche los diarios. La justificación de los contratos siempre era: “acumulación de tareas por exceso de producción”. La realidad es que en nuestra sección, el cierre, sólo había cuatro personas por la empresa, dos por noche, mientras que trabajadores temporales por exceso de producción podíamos llegar a diez o doce en fin de semana, uno o dos según el día de la semana. Durante años, años y años. Imagino que a día de hoy, si es que la empresa sigue, el exceso de producción continúa imprevisto, y como es imprevisto, seguirán contratando gente en precario.

Trabajábamos en una nave industrial, en medio de un descampado, que siempre tenía las puertas abiertas. En la nave había pulgas, y el primer año que estuve cogí piojos. Recordaré toda la vida que estudié el examen de Fisiología Animal mientras mi madre y mi abuela me sacaban las liendres. De todas formas, no puedo asegurar que los cogiera en el trabajo, tal vez fue en el bus o en la facultad, quién sabe. El frío en invierno era bastante brutal, pero con chaqueta no se puede trabajar, así que yo siempre iba con tres o cuatro mangas y guantes sin dedos, que también protegían las manos de los cortes con el papel. Entrábamos a  las once de la noche, y salíamos a las siete de la mañana, o cuando acababa la producción. Como cobrábamos por horas, nos convenía que las cosas fuesen mal para cobrar un par de horas más (un día hubo tal holocausto de papel, que algunos compañeros se tuvieron que quedar hasta las cinco limpiando. Yo, que siempre he sido una floja, me ahostié a la una del mediodía tras resbalarme por el cansancio, y me mandaron a casa).

El trabajo era bastante sencillo, pero también bastante cansado. Por una parte, la rotativa imprimía el diario, y los más veteranos alimentaban la máquina con los suplementos y la publicidad que tocaba ese día. Eso suponía horas ininterrumpidas de coger fardos, levantarlos y colocarlos perfectamente cuadrados en un agujero (siempre me gusta decir que aquel era un castigo griego, un trabajo de Danaide). Por otro lado, los más nuevos, cuando la máquina fallaba, recibían los periódicos mal colocados que caían por una rampa, los recomponían, hacían fardos de cincuenta y los recolocaban en la cinta transportadora. Para cuadrar los fardos había levantarlos con un movimiento de brazos contra el tronco y darles varios golpes contra la mesa, lo cual dejaba a las señoras de mi estatura dos bonitos rodales negros en los pechos, y a los más altos uno en la barriga. Muchas veces nos turnábamos, porque en tiradas muy largas la máquina tenía que ir muy rápido, y se tragaba los suplementos a velocidades que obligaban a doblar el lomo tantas veces por minuto que los flojos como yo corríamos riesgo de descuajaringamiento. Según el día, cuando acababa la tirada del periódico principal, había que preparar el suplemento del día siguiente o algún periódico de tirada menor. Eso significaba seguir doblando el lomo: la mitad recogía los fardos de la cinta transportadora y los cuadraba, la otra mitad cogía los fardos cuadrados y los colocaba en palés.

Mis preferidos siempre fueron uno de la iglesia y uno del partido comunista, que se imprimían el mismo día. Los comunistas iban a palés, y hasta hace nada todavía voluntariosos vendedores te los ofrecían por dos euros a la puerta de la FNAC. Los de la iglesia iban por suscripción, así que había que doblarlos cuidadosamente y ponerles una pegatinita con la dirección del destinatario. Como soy tan buena persona, o tan boba según se mire, creo que nunca llegué a hacer algo que pensé tantas veces: meter los periódicos comunistas, o al menos una hojita, dentro del periódico de la iglesia. O tal vez sí lo hice y he borrado el recuerdo. Lo que sí hice alguna vez fue dibujar bigotes en alguna publicidad de contraportada, y si alguna vez entre 2000 y 2003 alguien se encontró un crucigrama hecho, no puedo decir que no lo hiciera yo para matar el tiempo durante alguna rotura de máquina.


Era cansado, pero también tenía sus momentos buenos. En navidades sobraban botellas de vino de las cestas y el trabajo de las danaides se hacía mucho más llevadero. A veces, al salir, decidíamos ir a gastarnos el sueldo de una hora en desayunar un chivito y una cerveza en alguno de esos bares de abuelo en el que los parroquianos, mientras sorbían su carajillo, miraban aquella banda de jóvenes zarrapastrosos preguntándose por qué no estaban vomitando en un portal después de toda la noche de fiesta. Y quien no ha llegado a casa después de toda la noche doblando el lomo, lleno de virutas de papel y con las uñas y los mocos negros, se ha quitado la ropa que en realidad es un trapo lleno de tinta y se ha tumbado en la cama estirando los deditos doloridos y llenos de cortes, no sabe qué es la felicidad.

sábado, 10 de mayo de 2014

Fiesta pagana en Magdeburg

Saliendo de Gatwick hacia nuestra buhardilla londoner, de vuelta de visita a la Portu, compañera de Spaghetti aglio e olio y Rioja y Somontano durante un año en Barcelona, y es que una de las pocas cosas, y una de las más importantes, que le proporciona a uno la vida nómada es el ir encontrando estos compañeros de camino, de paso hablo sobre circuitos amígdalo-estriatales ante una audiencia de siete científicos que no aplauden a la conferenciante, sino que golpean la mesa con el puño, y de paso mi Half se pasea por Berlín, en todo caso, curiosa experiencia la de visitar este pueblo de poco más que doscientos mil habitantes (detrás de mí y a la izquierda inmigrantes españoles en este tren Gatwick-Victoria, madre con hijo que llaman a papá que les espera, dos iba a decir chicas de mi edad, pero no, claramente son más jóvenes, yo ya empiezo a vivir mi año 35, esa frontera arbitraria) en medio de la extinta RDA, experiencia de la que he prometido a la Portu no uno, mejor dos posts en este semiabandonado blog, vayamos a ello*.

Entonces los alemanes no aplauden, sino que golpean la mesa, pero luego te acompañan a tomar un café y hablan contigo del problema de no publicar un Science, porque ese debería ser el plan A, es necesario urdir un plan B, entre los cuales el más popular es abrir un pequeño restaurante, luego también están aquellos que algún día comprarán una cabra, o los ilusos que algún día esperan ganarse la vida escribiendo, y después del café lo mejor es ir a tomar una cerveza, estos dos españoles con una portuguesa y una turca, hablar de esas personas que llegan lejos en ciencia sin haber publicado nunca un Science, a veces es necesario que sean parásitos, que hagan todo el ruido posible, que salgan en la tele y que se apropien del trabajo de los demás, que intenten arruinar la vida a sus subordinados, pero de qué hablaríamos mientras bebemos cerveza si no fuera porque esos personajes existen, nosotros no publicaremos un Science, ni seremos parásitos, lo mejor es encontrarse con otra portuguesa que habla un español perfectamente argentino, y con un argentino, una colección arbitraria de personas que se encuentran en un punto en el centro de Europa al que no pertenecen, en el que quizá nunca hubiesen elegido estar, pero ahí están, la vida les ha llevado a eso, y también hay un colombiano que antes de pasar por aquí estuvo en España, en nuestra ciudad, en la misma universidad que Half, pero qué casualidad, algunos sí han elegido estar aquí, quizá no lo supieran antes de llegar, pero lo han elegido y son felices, todos bebiendo cerveza y mojitos, incluso una alemana que habla español, una alemana de tipo B, la definen, por oposición al alemán (póngase aquí español, o chino, o cualquier nacionalidad que se prefiera) de tipo A, ese que nunca ha salido de su pueblo, y que no habla otro idioma ni quiere hablarlo, y al que no le gustan los extranjeros, porque les tiene miedo, porque les tiene asco, porque nunca ha querido o podido entenderlos, ni ha podido o querido estar una noche bebiendo cerveza con gente que ha tomado un avión (muchos aviones) y se ha ido a miles de kilómetros de su casa no se sabe muy bien por qué, pero esta alemana, sí, ella habla otro idioma y disfruta de la comida y la bebida como una experiencia social, luego vamos a bailar, aquí todavía se puede fumar en los clubs, los ojos se llenan de lágrimas esperando otra cerveza, los alemanes saltan y empujan, algunos altos, algunos rubios, algunos con tirantes y gorra de tweed, algunos punks, algunos góticos, algunos heavies, es lo que hay en una ciudad pequeña, todos vamos a parar al mismo sitio (oigo otro español más en el tren Gatwick-Victoria y el sentimiento de qué coño hacemos todos aquí me invade siempre, muy a mi pesar), por donde iba, los alemanes altos y rubios, palmeando amistosamente la espalda del dealer africano que también pasó por nuestra ciudad, chapurreando el español y el portugués, yo recogí morangos en Huelva, yo recogí naranjas en Sagunto, a ver cuanto te puedes quejar tú que eres nómada por elección, quizá él, quizá los varios africanos que bailan rock penosamente, qué diferencia de estilo a cuando bailan otras músicas, también sean nómadas por elección, solo que su vida quizá haya sido y sea un poco más incómoda que la tuya, recogiendo morangos, o repartiendo hierba, no me queda muy claro qué reparte, un día llevaba una Biblia, me dicen, quizá quería convencer a sus clientes de que si tomaban lo él vende verían a Dios, no me queda muy claro si se queda en nuestro círculo de danzarines porque espera que le compremos, o porque disfruta de nuestra compañía, todos hemos llegado aquí desde otra parte, quizá él no llegó en avión, pero quién sabe, entonces el DJ pincha Legalización, extremadamente adecuado para el momento, pero difícil de preveer en un DJ magdeburgués, y luego Fiesta Pagana, banda sonora perfecta para que la pareja de portuguesas encuentre el doppelgänger germano de un controvertido cantautor portugués, un tal Antonio Variaçoes, que al parecer fue víctima del SIDA en aquella época en la que aún no era una enfermedad crónica, quizá sea mentira que ahora vamos en contra de la corriente, entonces era más fácil y más noble el ir en contra de la corriente, ahora más bien nos veo perdidos en la corriente (una de las chicas españolas vomita en una bolsa de papel, quizá traiga el mareo del avión, la madre y yo le ofrecemos pañuelos, agua), rodando por el mundo, de ahí quizá esta náusea que ya no es como la de aquel francés, la combatimos con cerveza, con esos amigos aleatorios encontrados por el camino (el niño dice hola papá, ya estamos llegando, estamos en la estación de Victoria, pienso inconscientemente ya estoy en casa, pero dónde está mi casa) que comparten contigo esos momentos de confusión, esos momentos en los que no está nada claro qué estamos haciendo, pero entonces el DJ decide acabar la sesión de esta noche con The Dark Side of the Moon, entero, y sentarse con dos cojones y una cerveza mientras estos rezagados gravitan extasiados o aburridos por la pista medio vacía, te das cuenta de que con Pink Floyd de fondo lo comprendes todo, todo está claro, te sientes bien por tener esos amigos que encontraste por el camino, estás segura que los vas a volver a encontrar en otro punto aleatorio del mundo, pero siempre bebiendo cerveza, bebiendo vino, hablando en varios idiomas, perdidos en la corriente.

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*Aunque para comenzar deberíamos remontarnos al pasado verano, cuando mi Half viajó a Creta por las mismas razones que ahora viaja a Berlín y de paso me empaquetó en la maleta (siempre había querido yo visitar Grecia, desde que a los seis añitos empecé a leer sobre el oráculo de Delfos, y sobre la cabra Amaltea, y sobre Artemisa cazadora, y...), no obstante la lógica me sugiere hablar de todo esto otro día, nos acordaremos entonces del gato y la mano en mi lorza pero ahora...

jueves, 27 de febrero de 2014

Un mecenas escocés

Una de las razones (peregrinas) con las que me auto-convencí para volver a esta isla fue que desde hace tiempo llevo planeando escribir un libro, y uno de los capítulos debía suceder, por fuerza, en Londres. Y uno no puede escribir si no se documenta a fondo, hasta las últimas consecuencias -o quizá un escritor de verdad sí pueda, pero una de pega como yo, no.
No creo que ese libro llegue nunca a escribirse, por mucho que en escasos dos meses haya recogido algunas anécdotas a las que quizá se podría sacar partido. Como ejemplo, nuestro encuentro hace unos días con la persona que podría haberme asegurado la continuidad de mi triste carrera científica a perpetuidad.

Escenario: una parada de autobús de Camden, a las tantas de la madrugada. Personajes: dos señoritas con tacones y abrigo de leopardo, y sin calcetines, un pelirrojo con gorra verdosa que les da la murga, Carmen & Half. 
Desarrollo: Cuando las señoritas suben a su autobús, el señor de la gorra verdosa se apresura a buscar reemplazo a sus oyentes, y he aquí Carmen & Half que miran con cara de bobos la transformación en la pantalla del tiempo que queda para que pase el número 27, de 4 a 20 minutos, lo que genera comentarios de desaprobación en los susodichos y acercamiento del señor de la gorra verdosa al escuchar una lengua extranjera que le resulta interesante. No parece demasiado borracho, aunque cuenta que es escocés, de la isla de Skye, donde las temperaturas son caribeñas e incluso crecen palmeras en las playas. Half & Carmen, sin haber llegado nunca tan al norte de la isla, no tienen elementos de juicio suficientes, y no obstante algo les hace sospechar que palmeras por esas latitudes no habrá muchas, pero no tienen a donde escapar de tan interesante conversación hasta que llegue el 27, en 18 minutos. Deciden callar y asentir, pero ya se sabe que Carmen no lleva bien lo de callar, y cuando el señor de la gorra verdosa les intenta convencer de que los habitantes de Skye, por tener el Rh negativo (coño, como los vascos), son los únicos humanos que no descienden del mono, la bióloga que hay en ella no puede evitar protestar: no me jodas, que soy bióloga, y "del mono" venimos todos (para qué dar explicaciones más complejas a esas horas). De repente, los ojos del señor de la gorra verdosa se iluminan, y confiesa que él es un hombre muy rico (aunque sea raro encontrarse con un hombre muy rico a estas horas en una parada de autobús, el señor de la gorra verdosa es consciente de esto). Es más, estudió Biología en el Queens College de Cambridge, y ahora se dedica a invertir sus millones (mejor dicho, nos especifica, los de su familia) en ciencia. De hecho, por ejemplo, invierte mucho en la investigación para la rejuvenation. Ante lo cual, Carmen abre mucho los ojos y exclama: Do you know Aubrey de Grey? Ante lo cual el señor de la gorra verdosa abre mucho los ojos y la boca y responde que claro, que como es posible, que qué coincidencia. Y Carmen le cuenta en pocas palabras sus encuentros con Aubrey de Grey, que ya hemos referido en este blog en La maravillosa historia de Carmen & Co & los fans número 1. A partir de aquí, crece la simpatía del señor de la gorra de cuadros por esta pareja de spaniards tan interesantes, personas de bien que uno no espera encontrarse a las tantas de la mañana en una parada de autobús de Camden, y la conversación continúa con el señor de la gorra verdosa ofreciéndose a financiar las investigaciones de Carmen, aunque sugiriendo que en lugar de la enfermedad de Huntington éstas deberían centrarse en Parkinson, que es mucho más común y afecta al mismo sistema cerebral (momento en el que Carmen abre mucho los ojos, porque el señor de la gorra verdosa, a pesar de su extravagancia, parece muy enterado de los temas), y además, él ya invierte en la Universidad que ahora mismo disfruta de los servicios de Carmen, en el lab de una tal M. S, en artritis, y en células madre, y... Entonces aparece el 27 y Carmen & Half estrechan educadamente la mano al señor de la gorra verdosa, sin haberse preocupado en averiguar su nombre, y saltan a su interior. 
Epílogo: Al día siguiente, cuando como remedio a la resaca buscan en la web de la Universidad que actualmente cuenta con los servicios de Carmen, Carmen & Half comprueban que las investigaciones a las que se refirió el señor de la gorra verdosa, y los nombres de los investigadores, son reales. Half está convencido de que el señor de la gorra verdosa, si bien no del todo sobrio, decía la verdad, y especula si su familia no será dueña de la destilería Talisker; Carmen, aunque no está tan segura de que el señor de la gorra verdosa no fuese presa de una monumental obsesión complicada con delirios, se quedará eternamente con la duda sobre si perdió la oportunidad de financiar de por vida su aleatoria carrera científica.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Dijo Darwin que la especie que sobrevive no es la más inteligente, sino la que mejor se adapta a los cambios...

Gensanta, que diría el gran Forges, la de tiempo que hace que no escribo. Debe ser porque desde que no lo hago me he hecho un año más vieja; he actuado de maestra de ceremonias en una boda (¡Gracias, Laura, eres un sol!) más nerviosa, según palabras de mi other half que me brindaba apoyo moral desde una cercanía prudencial, que el día que leí la tesis (menos mal que la historia ya archiconocida por cualquier lector de este pobre blog abandonado acerca de los dos mil millones de latidos con los que cuenta el mamífero medio antes de morir vale para un roto y para un descosido y parece que encantó a la concurrencia de dicha boda); he empezado a colaborar con la revista de divulgación que dirige desde una prudencial lejanía un famoso anunciante de pan de molde y felicidad emocional (publicando, e incluso cobrando mi primer artículo, el segundo verá la luz en octubre); he ganado un concurso de fotografía científica en el congreso europeo de neurociencia, nada menos (yo, que las saco todas descuadradas), hecho que me ha facilitado la autoría de una reseña en la revista en la que quiero colaborar de mayor y una cámara de fotos que desde que vi su precio cojo con las puntas de los dedos; me he mudado de barrio, abandonando a la Colorines* y saludando a la Sagrada Familia cada mañana; he sonreído de emoción con el nacimiento de uno y dos bebés de dos muy queridas amigas (qué felicidad, MªCarmen y Lucía!)...y no sé si me dejo algo... Ahora mismo llevo una semana en París, donde mi other half  residirá durante unos meses en pleno centro (si es que en París existe tal cosa; o quizá mejor dicho, en pleno centro de uno de los muchos centros de París) gracias a la vida nómada del investigador precario. Calle arriba calle abajo, voy apuntando frases célebres en una libreta mientras busco la inspiración, acompañada del siempre magnífico Orwell, residente en bancarrota de esta célebre ciudad antes de convertirse en futurólogo. Total, que hoy llueve, y quizá en el futuro ordene mis notas e intente un relato que podría bien llamarse "Como vivir en París evitando en lo posible pagar 5 € por un café".  
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*En el Raval, cada sábado por la noche nos amenizaba la velada el espectáculo de copla más famoso y único de Barcelona: gracias a que sólo nos separaba del insigne bar O'Barquiño una fina pared, parecía que los artistas nos invadían el comedor-cocina-dormitorio. De esta manera, no teníamos necesidad alguna de bajar a disfrutar de ellos in situ, y sin embargo, la única vez que lo hicimos, a petición de una compañera de trabajo laboratorio fan de lo cañí, fuimos protagonistas de un documental. Ver para creer, a mi pobre half se le adivina en el minuto 8:35....  

jueves, 8 de marzo de 2012

Ítaca

Feliz día de la mujer trabajadora. Me incluyo. Más aún, porque esta semana está siendo especialmente productiva, pienso mientras valoro si merendar un kiwi o reservarme para una cerveza, así como la posibilidad de meter los cerebros en la nevera y mañana más. 
A raíz de mi exitosa participación en aquel concurso de relatos científicos del prestigioso centro que cuenta con mis servicios, (ver aquí), la directora científica del grupo Punset quedó prendada de mi gracejo escritoril (!) y me han citado como posible colaboradora en la revista Redes...tuve que leer varias veces el mail para convencerme de que era cierto, y sí, ayer estuve en un despacho lleno de fotos del ilustre divulgador. No sólo eso, para mayor emoción, se me comunicó que mi trabajo principal de Cambridge sería publicado en una revista poseedora de un índice de impacto que triplica a todas en las que haya podido publicar mi humilde persona en el pasado. No quepo en mí, como se pueden ustedes imaginar.
Pero vayamos al la efeméride, amigos y amigas (haciendo uso políticamente correcto (ñoño) del lenguaje, que incluye redundancias e ignorancias gramaticales que etiquetan el neutro inclusivo como masculino exclusivo). Sí, hoy es el día de la mujer (trabajadora), esa que es supermujer, tiene un trabajo de éxito, más de un hijo, y no renuncia a pintarse los labios y llevar tacones...todo eso, claro, según a quien se mire. También hay otras mujeres, nuestras madres, nuestras abuelas, incluso nuestras coetáneas, que no entran en esas categorías y a las que también se debería valorar.
El martes tuve la oportunidad de asistir a una intervención en directo de la presidenta del Institut català de les dones. No esperaba nada nuevo, y no lo tuve. Hay que luchar contra la violencia de género: totalmente de acuerdo. Hay que luchar por la igualdad de las mujeres en el entorno laboral: totalmente de acuerdo. Hay que luchar por la paridad en todos los campos y en todas las carreras...pues eso no me parece tan relevante hoy por hoy: reduciéndome a la anécdota de la propia experiencia, no creo que las mujeres de mi generación hayan tenido trabas para estudiar ingeniería si les daba la gana. Y si hay más biólogas que ingenieras, tampoco creo que sea por la falta de de visibilidad de la mujer que genera falta de modelos. Yo, desde luego, cuando elegí mi carrera, no tenía ni idea de quien fue Rita Levi Montalcini, y sí Ramón y Cajal, y aún así seguí ¿un modelo masculino? ¿o quizá debemos de dejar de plantearnos esa cuestión y empezar a mirar modelos de persona? Estos objetivos, dijo la señora política, son nuestra Ítaca. Ays, que patinazo. Tanta corrección política y elige el peor ejemplo; creo que se le olvida momentáneamente quien espera en Ítaca a Odiseo, también conocido como Ulises, personaje eminentemente machote que mata cíclopes y se cepilla a toda vírgen abandonada o nínfula de dudosa moral que se encuentra por el camino: su fiel esposa Penélope, que se pasa el día tejiendo y la noche destejiendo para que ninguno de sus pretendientes la deshonre, porque sabe a ciencia cierta que el rey de la casa y de la isla volverá, así pasen veinte años. Y voy al punto: lo que, creo, nos hace falta no son cuotas, ni me hablar de miembras. Dennos a todas (y a todos) una igualdad real de oportunidades, de derechos y de deberes (de la que creo que estamos cada vez más cerca*), y sobre todo, una educación completa, algo que desafortunadamente en este país parece un bien escaso. Lo demás saldrá solo, poco a poco, si seguimos actuando sin complejos y sin victimismo. 
(Aunque nos amenacen con retrocesos estos nuevos adalides de la libertad. Se les tenía que caer la lengua a algunos cuando dicen según que cosas.)
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*Ojo, me refiero a mi propio contexto (que estoy segura veremos cambiar con el auge del nacionalcatolicismo durante estos años). En el mundo existen multitud de ejemplos de países en las que las mujeres son poco más que ganado, y encima soportan el peso de la familia y de la tradición, pero ya hay gente más experta que yo que nos horroriza, cuando la crisis y la bolsa dejan un huequecito, con estas cuestiones.

martes, 20 de diciembre de 2011

Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus

A veces digo que no tengo nada, si acaso algo de ropa y una bicicleta. Nunca he sido una persona apegada a lo material. Y sin embargo, ahora que toca una nueva mudanza (aunque todavía no sepamos muy bien el destino), me doy cuenta de que además tengo cinco cajas de libros que he ido acumulando en nuestro piso de estudiantes durante los ocho últimos años. Imagino mi casa del futuro, cuando me deje de vaivenes, cumpliendo dos requisitos indispensables: que sea luminosa, y que tenga una habitación forrada de libros. La biblioteca, si hacemos caso a Eco, y antes a Borges, y mucho antes a la cábala, es el universo. Quizá por eso sacar mis libros de su estantería, apilarlos en cajas de cartón y no saber cuándo ni dónde podré volver a colocarlos me apena profundamente; a mí, que siempre pensé que podía ser una nómada sine die y sin ataduras terrenales; a mí, que comencé la tarea de sacar los libros con el propósito de, quizá, donar algunos a la biblioteca municipal, regalar algún otro, dejar en la casa los menos valiosos. A fin y al cabo, casi todos son de bolsillo: nunca compro tapa dura si puedo evitarlo, en parte por comodidad, sobre todo por racanería. Llegué incluso a pensar, en mi insoportable pragmantismo, en cuánto espacio y esfuerzo me ahorraría de tener uno de esos horribles ibuks. No contaba con que mis libros no son solo hojas impresas, como aquel diario que servía para envolver acelgas. Mis libros guardan la sombra de mis días, en forma de billetes de tren, flores secas, marcas de lectura; mis libros cuentan mi historia. El andamio de mi infancia de Bécquer y Espronceda, mi adolescencia de Dostoyevsky, Lorca, Neruda, mi juventud de Orwell y Cortázar. Y todos los otros que se han apoyado en estos: Miguel Hernández, Gorky, Zola, Borges, Steinbeck*...Mi manía de comprar libros de segunda mano allá donde voy: las versiones italianas de Eco, Buzzati, Moravia, que tanto disfruto leyendo; las inglesas de Doris Lessing, Scott Fitzgerald, Kerouac, que siempre llevo a mitad porque el inglés es un idioma feo por demasiado asociado al trabajo.   
Hasta estos días, haya estado en Roma, Cambridge, o Barcelona, siempre volvía al roñoso piso de alquiler en el área metropolitana de Valencia donde me esperaban mi other half y mi montón de hojas impresas. Ahora, después de tres años en el exilio, otra época de tantas que vivimos superpuestas, parece llegar a su fin. Sin que se atisbe de lejos la posibilidad de la casa iluminada con la habitación de los libros. Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus.
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*Acabo de darme cuenta, poniendo a todos estos autores juntos, de lo peligrosa que hubiese resultado mi colección hace un puñado de décadas (de hecho, como siempre sugería mi other half cuando iba a comprar un libro con tarjeta, la TIA me debería estar siguiendo el rastro por acumulación de panfletos), e inocentemente me doy cuenta, a estas alturas, de donde vienen mis ideas políticas, si es que tengo algo similar.

lunes, 24 de octubre de 2011

Collage

Cada viernes, meto dos mudas en una mochila y escapo pronto de mis obligaciones en el campo de la mejora del mundo en el que vivimos camino a la estación de Barcelona-Sants. Paso bastantes horas en el tren (chiste, ¿no es éste el colmo de la nieta de un ferroviario*?), y estos viajes no dejan de proporcionarme interesantes aventuras. Por ejemplo, la semana pasada la pasajera de mi lado, tras una excursión a la cafetería para agenciarse la revista Paisajes desde el tren, extrajo una bolsa del mercadona de su mochila, conteniendo unas tijeras de punta redonda y mango amarillo y una libreta de gusanillo preñada de collages, y ni corta ni perezosa, empleó  las tres horas restantes de trayecto recortando primorosamente ahora un paisaje montañoso, ahora una pequeña luna (que le iban que ni pintados a un ciclista que salió de la bolsa de plástico), ahora una letra y otra, y otra (sí, como los asesinos en serie y los psicópatas de las pelis americanas). El hecho de que aquella señorita despeinada matase el tiempo con aquella actividad no me hubiese sorprendido si la semana anterior no hubiese yo hecho lo propio sacando de repente unas tijeritas de las uñas, un rollo de celo y unas fotos impresas de mi mochila. Vivimos en la mente de alguien perverso que se entretiene en marearnos con las casualidades, pensé. Pensé, además, que si mi compañera de viaje de entonces hubiese sido la mitad de paranoica que yo con respecto a las actividades poco comunes de los demás, hubiera pensado que yo era una persona con un trastorno psiquiátrico que le iba a sacar los ojos con las tijeras (sorprendente que el señor del control de seguridad no se percatase de su existencia, cuando en el cartel de entrada especifica muy claramente que está prohibido acarrear todo tipo de objetos punzantes), hasta que se apercibiera de que simplemente preparaba una tarjeta de felicitación de boda-mudanza a unos amigos recién casados y casi mudados (cogiendo, dicho sea de paso, un colocón de la muerte intentando atinar con el celo a pesar del traqueteo del Talgo). Porque, pensé, la pasajera de mi lado no parecía tener un motivo tan lógico para recortar y pegar: más bien, sospeché, algo no le funcionaba del todo en la azotea. Me convencieron de ello el volumen de la libreta, los recortables que asomaban de la bolsa de plástico y la parsimonia un tanto alucinada con que escogía nuevos trozos que recortar. 
O quizá, pensé, aquella muchacha pensaba que nuestras vidas no son más que un collage irregular del que comprenderemos el significado cuando encontremos todas las piezas, y estaba empeñada en buscar las que aún le faltaban, para darle una forma lógica, un porqué entre pegotones de distintos colores y formas. Aquella chica quizá llevase en la bolsa de mercadona la historia entera de su vida contada a través de reflejos impresos e imperfectos de sus recuerdos, y quizá crea que un día aparecerá la pieza perfecta que unirá todo el conjunto. Lo triste es que entonces ya no necesitará buscar más, y se sentará en la penumbra a hojear su retrato mientras espera la muerte.
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*Parentesco que me ha proporcionado otro minuto de gloria, a los que mi yo megalómano es tan aficionado...además de ser una de las pocas características comunes que poseo con mi other half.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Cosas de domingueros

Me gusta hacerme mayor. Quizá porque (dicen que) no tuve infancia, ni (me dejaron, o mejor dicho no tuve huevos para tener) adolescencia, en el sentido en que la mayoría recuerda estas épocas. Tampoco sé si todavía soy joven (en este mundo cada vez más viejo uno aún se considera joven cuando en otras épocas y lugares estaría a punto de palmarla, salvando el honroso ejemplo del imperio romano en el que el iuvenis lo era hasta los 46). En cualquier caso, estos meses de verano (no exactamente de vacaciones, porque mis maravillosas ocupaciones  a la búsqueda de la T3CEM2 (o lo que viene siendo lo mismo: la terapia total que curará todas las enfermedades del mundo mundial, [pero de esta chorrada hablaremos otro día]) no me han dejado más que 7 días laborables libres, me han confirmado esta verdad inapelable: disfruto como un marrano de las cosas de domingueros. Ay, qué gustazo estar en pelotas en la playa con una neverita comprada en los chinos rellena con sus quintillos, sus latitas de mejillones y de olivas,  sus sangüiches y su fiambrera con melón cortadito. Yo no creo que los señores a bordo del velerito que se divisa a lo lejos disfruten de mayor paz interior y alegría de la que disfruto yo pegando tragos de cerveza fresquita mientras leo el suplemento del periódico del domingo y le espolso la arena de la espalda a mi  other half (14 años ya quitándole la arena de la espalda, hay que ver). Como no creo que quien se pueda permitir unas vacaciones en su isla privada en Dubai experimente mayor felicidad que yo en la isla de Cádiz* con mis queridos ex-compañeros del jardín del Edén reencontrados, como ya vaticiné en posts anteriores, delante de un salmorejo. 
Además de concluir que me he hecho mayor, y me gusta, cuando disfruto tanto de las cosas de domingueros no saco otra conclusión que la que ya saqué la última vez que escribí hace dos meses: si fuésemos capaces de prescindir de lo superfluo quizá lo imprescindible llegase a todos. Esta mañana me he despertado con la noticia de que en EEUU hay 46 millones de pobres. Es decir, toda la población de esta España nuestra. Y aun así, la proporción es menor que en nuestra España, donde albergamos a 9. Qué sabia mi amiga Amparo que durante un par de días se quedó conmigo en Barcelona y me sustituía el telediario del desayuno por Bob Esponja.


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*He aprendido que es necesario, para la salud mental, visitar al menos una vez en la vida la tacita de plata. Se pueden degustar tortillitas de camarones, salmorejo, raciones de gamba fresca a precios y con una relajación imposibles por tierras de parla catalana, y enterarse de por qué la constitución de 1812, que allí se firmó, no se aplicó nunca: en su artículo 4º definía como obligación del gobierno asegurar la felicidad de la nación, algo de todo punto inadmisible. Lo cual me lleva a la tan discutida modificación del artículo 135 de nuestra sagrada e intocable (hasta hace dos días) constitución del 78, pero de esto hablaremos otro día. 


miércoles, 11 de mayo de 2011

San Francisco (II)

Acabemos (a falta del material gráfico que quizá me preste mi half) con San Francisco, la ciudad que inspiró The Walking Dead, como comentábamos anteriormente. De ser fotógrafa, hubiera pedido a cada mendigo que posara para mí al pie de cada rascacielos, o de cada Starbucks, y hubiera creado un retrato fiel y desesperado de nuestra sociedad. Pero como fotógrafa soy pésima, y como persona me atemorizan demasiado las situaciones y las personas desconocidas, así que me limité a deambular y observar llenándome el estómago de vacío. Y descubrí que los rascacielos no sólo conviven con los mendigos. Conviven con las palabras de Dolores Ibárruri, lo creáis o no, grabadas en un monumento a las Brigadas Internacionales junto al Financial District, y con las palabras de Martin Luther King, que me entretuve en copiar:
Estos son tiempos revolucionarios. En toda la tierra, los hombres se revuelven contra los viejos sistemas de explotación y opresión, y fuera del mundo corrupto, nuevos sistemas de justicia e igualdad están naciendo. Los descamisados y los descalzos de la Tierra se levantan como nunca antes. Tengo la audacia de creer que la gente de todas partes podrá tener 3 comidas al día, y educación, y cultura, dignidad e igualdad, y libertad. Creo que los hombres preocupados por sí mismos se están convirtiendo en hombres preocupados por los demás. Un individuo no empieza a vivir hasta que no se levanta sobre los estrechos confines de sus preocupaciones y se da cuenta de los problemas de la humanidad. Debemos cambiar ya de una sociedad orientada a las cosas a una sociedad orientada a las personas. Cuando las máquinas y las computadoras, y los derechos de propiedad, y los beneficios bancarios, se consideran más importantes que las personas, los gigantes del racismo, el materialismo y el militarismo no pueden ser vencidos. A través de nuestro ingenio científico hemos convertido el mundo en un vecindario. Ahora debemos convertirlo en una hermandad. Porque si no somos capaces de aprender a vivir juntos como hermanos, pereceremos juntos como idiotas. No hay nada más grande en el mundo que la libertad. Vale la pena pagar por ella, ser encarcelado por ella. Preferiría vivir en la pobreza más abyecta con mis convicciones intactas a vivir en la más desordenada riqueza habiendo perdido el respeto por mí mismo. Rechazo aceptar la cínica noción de que nación tras nación debe caer en una espiral militar al infierno termonuclear. Creo que la verdad desarmada y el amor incondicional tendrán la palabra final. Es por eso que la derrota temporal de la justicia es más fuerte que la victoria temporal del mal. Durante años los hombres han hablado de guerra y de paz, pero ahora ya no pueden hablar sólo de eso. La elección es entre la no-violencia o la no-existencia. La medida del hombre no la da donde se coloca en tiempos de comodidad, sino en donde los hace en tiempos de reto. Cuando nos llame la libertad, debemos dejarla llamar a cada pueblo, a cada aldea, y seremos capaces de acelerar la llegada del día en que todos los hijos de dios, negros y blancos, judíos y gentiles, protestantes y católicos, cantaremos juntos el viejo espiritual negro: ¡Finalmente libres!
Palabras grandes, palabras ingenuas, palabras traicionadas, palabras que nos golpean con la conciencia de que cincuenta años después, todo sigue igual, nada más que palabras diseminadas por toda la ciudad, a la que se puede definir de muchas maneras, pero cuyo epíteto más adecuado, desde mi punto de vista, es decadente. Grandes esperanzas de revolución personal, sexual, social, de las que sólo quedan en los colorines de las fachadas de Haight-Ashbury y en el fondo de las pupilas de los zombis-hippie que todavía cantan en las colinas del Golden Gate Park. Y en mi interior la náusea que acompaña a toda persona que se empeña en intentar ver la belleza de la vida incluso en su fealdad, pero que ve como sus ganas de rebelión van sustituyéndose, poco a poco, por la conciencia de que la rebelión no sirve de nada.


Por enjuagarme la boca de tanta reflexión inútil, y dar aun más evidencias de mi rendición, diré que al menos en San Francisco he comido el mejor sushi de mi vida.


Claro que volver a Londres ya fue un poco como volver a casa, a beber cerveza y pedir pakistaní (o indio, porque muchos take away no lo dejan nada claro) como en los viejos tiempos, con Adán y Eva y el pequeño y querido Serpiente. Paseando por Camden se me ocurría que quizá las cosas hubiesen sido distintas de haber aterrizado en Londres y no en Cambridge, pero nunca debo perder de vista que el mundo sólo es mundo a través de los ojos que lo miran.

martes, 3 de mayo de 2011

San Francisco

Por aquí andamos. Ventaja e inconveniente de dedicarse a esto de la ciencia: ves mucho mundo, pero la mayoría de las veces es por trabajo. Esta vez, sin embargo, yo soy una mera acompañante observadora, así que mientras mi other half se pelea con el control de frecuencia os cuento un poco como nos está yendo estos días.

Day 1:  Back in the UK, los derechos de los animales y José García el prófugo
Casi 24 horas de viaje desde mi zulo barcelonés hasta la costa oeste dan para bastante. Para hacer escala en Londres, por ejemplo, y celebrarlo con un English Breakfast en toda regla. Para leer todos los periódicos con que te obsequian las líneas aéreas unidas (todo más que unido en los estados ídem) durante el vuelo transatlántico interminable entre cabezadas y vasos de agua y cacahuetes cada hora y media, y enterarse de why it's an insult to call an animal your pet. Ya ves, a estas alturas los ingleses proponen llamarlos animales de compañía, como llevamos haciendo los hispanohablantes de toda la vida (pero de la corrección política en el lenguaje, incluyendo a las miembras, mejor hablamos otro día). Para que el cuello se te quede agarrotado y te arriesgues a la ceguera pegado a la ventanilla intentando divisar osos polares en Groenlandia y su costa helada interminable a 10 km de altura. Y, por fin, para enterarte de que existe un José García nacido el mismo día que mi other half al que le han denegado el visado para entrar en EEUU. Viva la libertad de los eeuuenses de no tener documento nacional de identidad e identificar a la gente por el nombre y la fecha de nacimiento, que evidentemente es la manera más eficaz en un mundo donde habitan más de seis mil millones de personas, más de doscientos millones de ellos hispanohablantes, y no he investigado la proporción, pero sabiendo que, aproximadamente, la mitad de la población española lleva un García entre sus apellidos, qué suerte ha tenido mi pobre half. Menos mal que nadie nos robó la maleta abandonada en medio de una sala vacía ni la destruyó por sospechosa (ya veremos a la vuelta) durante la hora que estuvimos encerrados en la frontera.

Day 2: Sopa de almejas y leones marinos

Hombre, no digo yo que lo de meter una sopa en un pan redondo no quede estéticamente bien, pero es un desperdicio. Y un peligro para las gaviotas que campan a sus anchas por los muelles del Fisherman Wharf comiéndose los restos del pan, cual personas adictas al mcdonals. Y lo de los leones marinos, un destarifo de olor a pescado podrido. Qué bichos tan malolientes y agresivos, ahí entre barcos y turistas, ignorando a unos y a otros. Los tranvías monísimos, pero 5$ el billete de ida y 2 horas de cola hacen que cualquiera se conforme con saltar sobre uno parado y hacerse la foto de rigor. Por no hablar de las agujetas en músculos de las piernas que uno no sabía ni que existían venga ruta turística arriba, ruta para abajo.

Day 3: 31 cumpleaños entre copas y noodles

Pues muy bonito el Napa valley, pero nada que no se pudiera organizar en Utiel-Requena con una buena inversión de dólares  y una buena campaña de márketing. Eso sí, cuando vas por el tercer vino de la cata ya no recuerdas si la variedad de la uva es cabernet sauvignon, zinfandel o merlot, por supuesto te da igual que el acompañamiento posterior sea un bocadillo de cerdo a la barbacoa. Si para acabar el día, te juegas el tipo bajando en coche la calle más escarpada y sinuosa del mundo, que el anterior casi mueres intentando escalar a pie, y terminas cenando en el único chino afterhours que queda entre Chinatown (donde se inventaron las galletas de la fortuna) y la calle de los puticlubs con dos profesionales, un homeless y el mellizo de Jackie Chan, te queda un cumpleaños redondo.

Day 4: ¿Fuera o dentro del sistema?

Que en este país conviven sin molestarse el lujo (si bien casi siempre hortera) y la inmundicia ya lo sabíamos, pero nunca nos había quedado tan patente como al girar la esquina de la calle de nuestro hotel y jugarnos el tipo por el barrio adyacente para coger el autobús. Supongo que será cuestión de acostumbrarse, como a todo. Supongo que no somos nadie para juzgar a nadie, pero este país debería avergonzarse si alguien se molestara en contabilizar a la gente que vive en la más absoluta pobreza, que se arrastra andrajosa o incluso en ropa interior por las aceras, completamente borrachos, o drogados, o simplemente enfermos mentales, llenos de llagas y podredumbre a 50 metros de un Macy's. En España, en Europa, hay muchos, pero nada que ver con las cantidades que te encuentras por aquí en cada esquina. Casi más homeless que Starbuck's, que ya es decir. Te sales del sistema, como el hippy sesentón que compartió viaje en el autobús con nosotros, gritando take a walk on the wild side (ya ves, a estas alturas me entero de que Candy Darling, de Long Island, la de la canción de Lou Reed, existió realmente, y que de hecho es la señora de la portada del segundo disco de Antony and the Johnsons) y ya sabes a lo que te expones. Me hace pensar en lo cómoda que me encuentro en mi burbuja de la clase media, clamando contra el sistema, y sin embargo intentando ignorarlo la mayor parte del tiempo, como en este país conviven y se ignoran los que tienen dinero y los que no. Y mientras miles polacos salían a celebrar que el papa de los jóvenes (que digo yo que no lo llamarían así las monjas de mi colegio por lo bien que hacía la vista gorda ante los cientos de casos de pederastia que ocurrieron en el seno de su iglesia durante su magnífico mandato) ya es casi santo (quizá el segundo milagro que se le atribuya sea el de ser considerado un reformista cuando fue uno de los papas más retrógrados de la historia y un benevolente político cuando se codeó alegremente con la flor y nata de los dictadores más sanguinarios de la tierra), y miles de americanos salían espontáneamente a cantar el himno con sus banderas y celebrar que Oceanía ha acabado con Goldstein (no me echéis la culpa si ya no sé qué es lo que he leído en una novela y qué es la realidad...), anoche mi other half y yo bebíamos birra y comíamos penne arrabbiata en un restaurante siciliano del corso di Colombo, pretendiendo que todo estaba bien, que todas estas cosas no importan siempre que queden estos pequeños refugios de papel.

Day 5: ?

Estamos en ello. Paseando entre rascacielos antes y observándolos desde mi ventana ahora, mientras espero que mi half vuelva del congreso para ir a comprar un par de galletas la fortuna, a ver si nos revelan el futuro que nos espera el jueves al coger el avión de vuelta con el jaleo que se ha montado en las últimas horas.
Material gráfico y más aventuras a mi vuelta.

martes, 26 de abril de 2011

Relativamente

Voy a cumplir los 31. Qué feo suena. Al menos el año pasado era un número redondo, y tenía la bonita excusa de la crisis para celebrarlo. Voy a cumplirlos en San Francisco. Si llego viva.
Anoche dormí unas 3 horas en intervalos de 15 minutos, por culpa de un mosquito y de mi habitual manía de no dormir cuando tengo que coger un tren a las 6.40 de la mañana. Hoy me he encontrado una paloma muerta en la terraza. Ha empezado a llover cuando salía del trabajo. Para más inri, ahora que estamos en Pascua, se me ha soltado el freno delantero de mi recién estrenada bicicleta. Venía pedaleando por el Paral·lel y pensaba en la relativización de los sucesos de nuestras vidas. Cómo la lluvia en Cambridge me molestaba menos que aquí porque ya la esperaba. Aquí se supone que debe hacer sol. Cómo me importó mucho menos que el tren que me llevó a casa el pasado jueves lo hiciera con hora y media de retraso tras haber sufrido en directo un ataque epiléptico del pasajero que ocupaba el asiento inmediatamente anterior al mío (el cual, para más inri, ahora que estamos en Pascua, mi other half reconoció en la estación como compañero de colegio, no somos nadie). Cómo me dolió mucho más mi falta de habilidades con las personas humanas al verme incapaz de ayudar en el trance: casi dos años cuidando de monos epilépticos (creo que ya he alcanzado el margen de seguridad para poder plasmar abiertamente a qué me dedicaba por Albión, pero quien sabe, siempre hay un terrorista que no te esperas a la vuelta de la esquina...) y no soy capaz más que de ir a avisar al personal de RENFE para que busque un médico ante una situación dantesca como que un hombre de metro noventa convulsione y saque espuma por la boca en el pasillo del vagón...
Paloma muerta, frenos e inutilidad de mis conocimientos sobre el papel de los receptores del glutamato en una crisis epiléptica real aparte, relativamente estoy muy bien. Me voy a pasar mi 31 cumpleaños a San Francisco, y de vuelta pasaremos por Londres a recordar no tan viejos tiempos. Ya había pasado casi medio año sin coger un avión, casi no me lo puedo creer.

jueves, 31 de marzo de 2011

El minuto de gloria

Cualquiera que se haya tomado alguna vez en la vida un café en un bar conmigo sabe que tengo una manía que puede llegar a sacar de quicio: en cuanto me siento, saco una servilleta del servilletero, de esas que cuando estás comiendo bravas te extienden el allioli por las manos en lugar de limpiarlo, y hago una pajarita de papel. Creo que llevo haciendo pajaritas desde que empecé a tomar café, a los 14 años, en aquel bar de al lado del instituto cuyo nombre, tras hurgar 20 segundos en la memoria, me llega enseguida, el Savoy. 
Por eso cuando, después del terremoto de Japón, me enteré de la historia de las mil grullas, tuve que aprender a hacerlas. Es la evolución de la pajarita. Y a raíz de ellas, hoy, que no mañana, tengo mi minuto de gloria. Soy el relato del día en la primera página de Tansports Metropolitans de Barcelona. Cuando alguien pinche mañana, mi nombre (y por cierto, aún no he cambiado de sexo por mucho que me hayan confundido el tratamiento, tras Dr Karmen ya no me esperaba algo así) ya no estará en la primera página, pero seguirá aquí, imagino que al menos hasta el 14 de abril. Dicen que todo el mundo debería plantar un hijo, escribir un árbol y tener un libro antes de morir. Yo, de momento, me tengo que conformar con el origami. 


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PS. Detalles no relevantes. 

domingo, 12 de diciembre de 2010

Miles de millas




Prometí amplio resumen de mi viaje a eeuu cuando se me pasara el jet lag. Aún me dura, pero creo que viene de antes, de hace unos dos años, aproximadamente.

Así que creo que voy a dejar de esperar la recuperación.


Pese a ser totalmente cierto que este viaje ha acabado con mis prejuicios sobre los eeuuenses, ya que todos con los que nos hemos encontrado por el camino han sido absolutamente encantadores (y no solamente extremadamente polite al estilo británico, las sonrisas parecían genuinas y no fruto de una educación represora), contravendría el espíritu de este diario de pataletas si no hiciese notar lo cómico, lo esperpéntico, lo bizarro (en el sentido sajón, sé que la Real Academia define esta palabra como espléndido, que también) que nos hemos encontrado por el camino. De ahí el material gráfico que he seleccionado, a mi juicio autoexplicativo.


Recorrimos miles de millas por California, Arizona y Nevada en un coche de alquiler. Precisamente, el viaje podría definirlo así: nos sentamos en el coche y recorrimos millas. Cruzamos dos estados en un día al son de las rancheras; el desierto del Mojave en una noche, acompañados de lechuzas y cactus fantasmagóricos; pasamos fugazmente por Las Vegas especulando cuanta gente debe apostar cada noche en la ruleta para poder pagar simplemente la factura de la luz, y comprendiendo el porqué de tanta seguridad en la presa Hoover; volvimos a recorrer dos estados. Nos sentimos en una película la mayor parte del tiempo, y al final uno se cree lo que escribe Jack Lemon (pero luego siempre se da cuenta cuenta de que aquí sólo estamos para pasar el rato, como parece bromear la McLaine).


También reflexionamos mucho. Sobre los navajos que vendían plumas al pie del Cañón, sobre la soledad de los pueblos perdidos en el medio del desierto, sobre el porqué de que siempre exista Little Italy y Chinatown pero no un Spanish barrio, sobre la estupidez de la condición humana. De vuelta a casa, se me han olvidado la mayoría de estos pensamientos, pero queda una promesa: volveremos. Y un deseo: algún día, llegaremos más allá, y luego todavía un poquito más lejos, hasta que sea más corto continuar el camino que dar la vuelta. Algún día...

domingo, 21 de noviembre de 2010

How would you like your eggs?

Escribo desde el aeropuerto internacional de San Diego.

Una semana en EEUU para eliminar mis prejuicios sobre este país y aprender que me gustan los huevos over-easy para desayunar.

Como me quedan 30 horas para llegar a mi minicasa de Barcelona, tengo tiempo de sobra entre vuelos y transbordos para digerir el exceso de colesterol que he ingerido estos días y, más importante aún, la experiencia de recorrer cientos de millas por California, Arizona y Nevada, y el estudio geográfico-antropológico que conlleva. Amplio resumen y material gráfico cuando supere el jet lag.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

En la frontera con goteras...

...tras trasladarme ayer a mi minipiso entre el barrio del Raval y la gente normal*.

Dejé atrás mi habitación de dos metros cuadrados con bedbugs en una casa de dos plantas con jardín y buena compañía en la calle del Edén, y los 20 minutos en bicicleta entre el verde de los árboles ingleses, por un mes en casa que reafirmó mi impresión previa de que que la labor del ama de casa está todo menos infravalorada (sin entrar en que quizá no es lo mismo dedicarse a ello un mes que treinta años)...y tras el más que breve periodo de solaz, relajación extrema y negación de la realidad, durante el cual tanto mi other half como yo disfrutamos sobremanera de huevos fritos y chuletas a lo que dé, ojalá la vida consistiera en eso...comienzo una vida nueva en una habitación de treinta metros cuadrados para mí misma (eso sí, el baño al menos está separado del resto, y pago casi el triple de alquiler) entre el rojo y verde de los semáforos y la actividad frenética en una ciudad que parece que no pare nunca.
De momento, dos días después de empezar mi segunda estancia postdoctoral me da la impresión de que me comporto como si estuviera de vuelta de todo, como si tuviera los cojones pelados a base de lidiar con jefes de diverso pelaje y procedencia...pero ¡ay!, angelita, cállate ya que pareces uno de esos abuelos que se empeñan en recordarte que cuando tú vas ellos ya han vuelto porque fueron a la guerra y volvieron, me da por pensar la enésima vez que no puedo evitar contestar con un eso es así en todas partes o un es que los científicos somos unos frikazos de los cojones cuando mis nuevos compañeros, de lejos más afables y simpáticos, o mejor dejémoslo en mediterráneos e intentemos no ofender, que la mayoría de los inmediatamente anteriores, me comentan las particularidades del sitio...cállate, Mari Carmen, leches, que te van a coger manía y aún no has empezado a hacer esas de las que no te das cuenta...
Y de momento, pese a la visita del papa (de momento, sin WC portátiles a la vista, que a gusto se está lejos de la sagrada familia), los viajes en tren se me hacen más agradables que el ryanair, aunque vistos los precios, no descarto volver a volar.

Y de momento, intento trabajar para que, esta vez, las goteras no se me hagan en el alma....

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*Pido disculpas por los ripios, no me he podido resistir. Anoche me trasladé, anoche tuve el primer desastre: goteras en el baño. Menos mal que la casera, que es el alterego de mi casera en Valencia, me lo ha solucionado, parece, ipso facto.

sábado, 2 de octubre de 2010

Kaeru


Hasta seis ranas conté en el jardín del Edén durante mi penúltima noche en Cambridge. Llovía, no había luz en mi manzana: nada mejor que hacer que salir a sacar el contenedor (la recogida de basuras por estos lares deja mucho que desear). Y de repente, un salto: era necesario desafiar al chubasquero y salir a la caza del anfibio cámara en una mano y luz de bicicleta en la otra: maravillosas ocupaciones que uno debería permitirse para luchar contra el tedio de la vida adulta. Y maravillosamente, las ranitas esperaban con paciencia pegajosa ser inmortalizadas por mi cámara, una tras otra, saltando hacia un lado para dejarme paso hasta la siguiente apenas disparado el flash. Siempre me han hecho feliz estas cosas, pero no entendí por qué aquella noche me hicieron tan especialmente feliz hasta el día siguiente, cuando, como casi siempre, Yoshiro me lo explicó: en japonés, la palabra para rana, y la palabra para "vamos a casa" son homófonas.
(Por cierto: me equivoqué de día, el contenedor se saca los jueves, pero quiero creer que las kaeru llamaron).

jueves, 19 de agosto de 2010

Espresso?

De niña me encantaba ir al médico: siendo una persona relativamente sana tenía pocas oportunidades de romper la rutina y ver la calle por las mañanas: me parecía un mundo totalmente distinto, poblado únicamente por las personas más afortunadas a las que se permitía no ir al colegio ni a trabajar: marujas y jubilados; un mundo que a partir de las cinco de la tarde se transformaba, incluso la luz sobre las fachadas era distinta vista desde el patio del colegio o desde la calle. La misma sensación de estar asomándome a un mundo prohibido me asalta ahora cuando deliberadamente llego tarde a yellow walls o me escapo, raramente, al centro a comer. Es bonito, a pesar del enorme riesgo de atropellar turistas chinos en el puente de la Jerwood Library (a pesar de la puta madre entre dientes que no puedo evitar proferir cuando se lanzan, incluso parece que adrede, sobre la rueda delantera de mi bici con cara de pánico): creo que una de las peores cosas de yellow walls es este estar lejos de todo en un edificio en el que ves a no más de diez personas, cada día, y con la obligación de hacer lo mismo, una y otra vez, cada día.

Ayer empecé a empaquetar. Creía que iba a llevarme más tiempo, pero en una hora me había deshecho de todo papeleo acumulado pero innecesario y había recogido todos los recuerdos que me llevo a casa: todo me cabe en la caja de unas botas: un cráneo frenológico comprado en Portobello Market, varios libros comprados en la Cambridge University Press, varios tickets de metro, de conciertos, y varios panfletos de museos varios.

Hoy la camarera del West Cafe se ha adelantado y antes de que me diera tiempo a quitarme los auriculares y pedir, me ha espetado: Do you want a espresso today? Yes, of course, please. Thank you.

martes, 4 de mayo de 2010

Carmen alla Bolognese


Bologna, la rossa. Tanto por el color de sus paredes como por su tradición comunista. Puede dar la sensación de ser roja, pero en realidad es anaranjada, granate, cereza, sanguinolenta, dorada, fucsia...esta falta de uniformidad le proporciona una belleza comparable a la romana.
Pese a personajes como el de la foto, las gentes aún creen que altro mondo è possibile. Lástima que yo casi haya perdido esa esperanza, y me tenga que conformar con un caramelo de vez en cuando, o un helado de fresa y limón en via Castiglione, o de una simple ensalada de tomate y olivas negras y unos spaghetti al pesto.





Carmen alla Fiorentina



Di por finalizada la crisis de los 30 mi última noche con 29: el jueves 29 de abril, a medianoche, sobre el Ponte Vecchio, nos paramos a escuchar a un cantante callejero que improvisaba al paso de los transeúntes, deseándonos a todos las buenas noches. No puedo recordar exactamente cuales fueron sus palabras, pero vinieron a decir buona notte a quelli che ci sono accorti che bisogna iniziare a vivere y luego alguna cazzata sobre las alas de una farfalla.
Empezar a vivir, dejar que la felicidad sea un panino de melanzana e mozzarella al sol, que cierto que estar en Firenze ayuda, pero por favor no lo olvidemos cuando llueva.

domingo, 25 de abril de 2010

Moscas, Peces y Palomas

Pero no todo ha sido volcán.

En este congreso me he enterado de que las palomas, cuando picotean el suelo a la búsqueda de semillas, cierran los ojos.
De que, contradiciendo una idea muy extendida, unos exhaustivos experimentos llevados a cabo en Pisa mostraron que palomas anósmicas (con los nervios olfativos seccionados) se perdían mucho más que palomas a las que se les eliminaba la magnetorrecepción.

De que las carpas y los titís se comportan de manera similar en cuanto a la extinción por cambio de contexto de un condicionamiento aversivo discriminativo (¡toma ya!).

De que las moscas Drosophila melanogaster, que necesitan una dieta variada, son más espabiladas que sus primas D. sechellia especialistas en comer una y sólo una fruta podrida. La necesidad de buscarte la vida hace que se desarrolle tu capacidad de aprendizaje.

(Como veis, este congreso nos ha proporcionado algunas respuestas adicionales a la pregunta de hace unos días).